Adiós a la mente 4

Me gusta la prosa rosa con riqueza de rizos, puntualmente jeroglífica, de carácter snob, altanero y ególatra, de sonidos elegantes, con razzias para someter el lenguaje -ya sin zarzas- de modo poético.

Prosa halcón marino, gaviota, correlimos y chorlito, cernícalo y urogallo. No prosa gallinácea. Prosa de «slang upperside». Políticamente inútil, socialmente banal, intelectualmente ingente, estéticamente distinguida, industrialmente flaubertiana. Caracoleante, eleática, helénica, Kubla Kan en sala de baile repleta de tigres.

Me gusta la prosa de eglantina velluda, agua donde floten algas, torreón de castillo gótico, parpadeo de luz lechosa, joyceano esplendor pétreo. Que las palabras huelan al interior de la calesa en que fornica madame Bovary, a cueros y palos de madera de choza de Crusoe, a pólvora y barro en la batalla de Borodino, a salón perfumado de madame Verdurin, me gusta la prosa amarrada por la roda con cabo sobrado, y boya en el orinque.

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«Lili estaba asustada a pesar de que tenía al lado a su madre, una mujer muy competente. La niña no podía imaginar cómo pasaría el cuerpo del bebé por un agujero tan pequeño. Al cabo de unos minutos vio que la abertura empezaba a ensancharse, pero sus temores aumentaron en lugar de disminuir», Ken Follet, «El umbral de la eternidad», Plaza y Janés, p. 548.

Ejemplo de criminal prosa liofilizada terrorista, de escritor higienista de la lengua, escritor beige, oficinista repetitivo, plano y previsible.

La escritura debe tener cierta explosión azabache, un púrpura sacramental ceñido de rojos anaranjados. Cualquier escritor percibe de modo inmediato si lee buena o mala prosa. Ejemplos cimeros del arte de escribir son:

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de otro modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas», Juan Rulfo.

«En Trieste, en 1872, en un palacio con estatuas húmedas y obras de salubridad deficientes, un caballero con la cara historiada por una cicatriz africana -el capitán Richard Francis Burton, cónsul inglés- emprendió una famosa traducción del Quitab alif laila ua laila, libro que también los rumies llaman de las 1001 Noches.

Uno de los secretos fines de su trabajo era la aniquilación de otro caballero (también de barba tenebrosa de moro, también curtido) que estaba compilando en Inglaterra un vasto diccionario y que murió mucho antes de ser aniquilado por Burton. Ése era Eduardo Lañe, el orientalista, autor de una versión harto escrupulosa de las 1001 Noches, que había suplantado a otra de Galland. Lañe tradujo contra Galland, Burton contra Lañe; para entender a Burton hay que entender esa dinastía enemiga», Borges.

Nota bene: Escribo lo anterior mientras el personal está pendiente del Real Madrid. Impresión de la vastedad de una cultura ínfima. Hombres corpulentos, explosívamente sanguíneos, con los ojos cernidos por la fatiga de estar pegados al televisor. Noches nerviosas ante el vértigo ortodoxo (ruin y vulgar) del fútbol. La murmuración, la malquerencia y la ignorancia no la destierran de sí. Desabridos y ásperos entonan el himno de su equipo, como locos, saltan y gritan: ¡gol!

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