Adiós a la mente 6

Una cultura grosera crea personas vulgares y el refinamiento privado no puede sobrevivir ante los excesos públicos. Para la cultura existe la ley de Gresham lo mismo que para el dinero: lo malo expulsa a lo bueno a no ser que lo bueno se defienda.

España es el líder del mundo en vulgaridad. Nación famosa por sus cucarachas en las casas, la chabacanería de sus apetitos, y los desenfrenados y antisociales deseos de satisfacerlos. Masa borracha en bares y botellones, telebasura, y, respecto a la cultura, novelas para «femmes de chambre», que vendrían a ser las muchachas sentimentales impregnadas, por encima de todo, de amodorramiento y mórbido cotilleo, y no novelas de los «salons», es decir, aptas para aquellas clases de lectores que conservaron cierta dignidad de lectores aristocráticos.

Machado: “¡Qué difícil es / cuando todo baja / no bajar también!”.

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Me gustaría ser chino, japonés o tibetano, antes que español. Les veo en el metro con su desvanecida apatía estúpida y un terrible estado convulsivo y alelado en los ojos. Aparecen ante mí en oleadas, gruñendo de ira como si fueran una manada de bestias ahítas de cerveza, borrachos de incultura, fútbol y odio, ansiosos de sangre; seres de inteligencia primitiva con todos los rasgos de la humanidad borrados; como peludos animales de carga; rostros lánguidos a los que el gobierno ha vampirizado, extrayéndolos el fluido vital. Figuras hinchadas, corruptas, abotargadas; jóvenes y viejos de aspecto retorcido. Españoles, esa horda rabiosa y satánica.

Y la clase artística poblada de aprendices de inglés comercial, clase intelectual de chichinabo, cenas de gentes que se creen sofisticadas y solo hablan de chismes, ligues, negocios editoriales descarados, premios amañados, dimes y diretes propios de un concursante de Antena 3, bungalows en la playa, series de Netflix… Gentes que se llaman «querido» por teléfono, y a veces incluso «cielo». Clérigos aldeanos de conformismo payés y defensa obsesiva de su estatus, avariciosos de feria de comarca, con hedor a orujo y algarroba hacinada.

En mi mesilla de noche, «The Role of Mathematics in the Rise of Science». Si no leído, minuciosamente hojeado. Me acompaña bajo la losa de esta pesadilla de la actual (o pasada) historia de España. España, un simple mesón de camioneros con guiso de tripas, un invierno sin noción de norte. Una fiesta ruidosa y antropofágica.

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Casi acabo de leer: M. Kline (ed), «Mathematics in the Modern World». Ahora escucho la radio, las noticias estúpidas del día que mañana se saldarán, y advierto que hasta es más que posible que se me haya incrustado en el cerebro un mondadientes. Y la locura y la tormenta vagan sin rumbo por la casa. He aquí los idiotas que escuchan el informativo diario de los periodistas.

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