
Leo a De Prada; cortejo de frases de mangas abullonadas (mangas «gigot» y «beret»), corsé, enaguas, miriñaque y crinolinas. Luce una fraseología de traje de sociedad: el cuerpo, que cubre el busto y deja al aire el escote, decorado con una pieza llamada «berta», y gran cantidad de tul, muselina, lazos, galones y joyas. De Prada arma sus lenguaje dando paso a brillantes polisones. Me irrita bastante los mamotretos que está escribiendo últimamente. Quisquilloso, litigante y castizo. Me aburre un poco. Demasiado tralarí tralará, demasiada erudición «a la violeta».
Mis palabras, a diferencia de las del famoso y orondo escritor, son más pobres y magras, llenas de roquedales y bosques salvajes. El miedo o el empuje de la locura me hacen huir «d´escarafalls». Solo en la tierra, sin amigos ni prójimos, con nulo éxito para mis libros, proscrito, desligado de todo, vivo sin fe, debatiéndome con mis inseguridades. Los hay que se imponen a la historia con «faramalla», otros somos poetas -menores- sin alboroto.
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Escribe García Martín, de modo algo irónico: «Cuando yo era niño, me decían que había que portarse bien porque Dios veía todo lo que hacíamos. Ahora procuro no hacer nada que pueda avergonzarme, porque me imagino que en el futuro habrá un biógrafo que investigará mi vida con tanta minucia como Ian Gibson la de Lorca y no habrá nada, nada, que no saque a la luz».
Sonrío por un ego tan desmedido como pueril. Yo pertenecí, durante más de veinte años, a la «Direction générale de la Sécurité extérieure», y fui torturado y descubierto -nadie me creerá- por el C.N.I. Anthony Burgess, John le Carré, Cervantes, Quevedo, Voltaire, Daniel Defoe, y otros, fueron espías. El pobre García Martín no hizo más que pasear y dar clases desiertas en su aburrida provincia.
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La Tomografía por emisión de positrones es la contradicción epistémica a los hierbajos o brebajes pseudoespirituales del chamán de un bohío de la selva. Uno ayuda a curar, lo otro es mesmerismo de ignorante.
A veces encontramos a personas cultas e inteligentes que usan afirmaciones vagas, exageradas o infalsables; con gran dependencia por el sesgo de confirmación en lugar de sujeción a pruebas rigurosas de refutación; con poco o nulo temple para aceptar críticas, argumentos del corpus científico o evaluaciones de expertos. Hay ahí más una suerte de revelación teológica, alquimia astrológica, o baladronada ocultista, que un conocimiento obtenido de la investigación empírica.
Solo un ejemplo. No me ocuparé mucho de Juan Manuel de Prada, porque lo considero una presa demasiado fácil, pero una cantidad asombrosa de sus intervenciones devienen estelares. Considera, por limitarnos solo a dos de sus extravagancias, los cuadernos de caligrafía Rubio como lo más decisivo en la formación de varias generaciones de españoles y «expulsar la caligrafía de las escuelas» poco menos que la causa de la decadencia del mundo contemporáneo, y, considera «la pérdida de la fe de los españoles en Cristo», como la principal causa de la crisis económica del 2008-2013.
Deberíamos pedir altura y calidad intelectual, en lugar de persuasión emotiva o mera retórica feliz del lenguaje. Yo, en mis libros, hago aserciones napoleónicas y achusemadas propias de un apocalíptico histérico, pero -enfatícese- son IRÓNICAS y CARECEN DE BASE CIENTÍFICA. Por ejemplo, una idea recurrente mía: para todo x, si x es español, entonces x es imbécil. Esto es una boludez. Pero como el aura adolescente de provocación a lo «enfant terrible» me atrae, y, si, además, logro escribir la idea -ejem- convincentemente desde un punto de vista estético, con buenos tropos, entonces no la cambio y me satisface. Juan Manuel de Prada es un imprudente: no pone esa distancia con sus múltiples afirmaciones pintorescas y excéntricas.
