Adiós a la mente 13

Veo a mis colegas escritores como artrópodos cargantes, engolados y pomposos, como crustáceos repulidos. Percibo a mis coetáneos como valvas aburridas obsesivamente pegadas al televisor o al portátil. Al menos con mis vecinos de la aldea hablo de patatas, «leitugas», tomates y pimientos, de casamientos, defunciones, del tiempo que hace, una mitología cerrada y reducida, es verdad, pero de una eficacia sorprendente y, en líneas generales, de una alta dignidad.

Llovet: «Los medios de comunicación, la opinión pública fantasmagórica que se ha creado, aquí y en todo el mundo occidental, ha hecho que no importe nada la soberanía intelectual que debe poseer todo ciudadano en una nación o en un Estado democrático. Y sin esta soberanía individual, compartida por la vía del diálogo (dia-logos, un lenguaje, una voz, un discurso, que se pueden atravesar), las naciones pueden derivar hacia un constructo similar a las tiranías.

Es el gran problema de las democracias actuales, y diría que en todas partes: no están basadas en el acuerdo dialogante entre la ciudadanía que conforma un Parlamento, sino en una especie de logomaquia, una guerra de palabras, de frases hechas, difundidas por los partidos políticos, que han minado la posibilidad del disentimiento racional y sensato».

El polifacético Alain, escritor francés del siglo XX, aconsejaba a sus discípulos que no leyesen demasiados libros, y añadía que un centenar de volúmenes es suficiente para toda una vida «a condición de leerlos una y otra vez». También Roma acuñó una máxima que todo lector, de cualquier tiempo, debería tener en cuenta: «non multa sed multum»: no conviene leer demasiados libros, sino pocos -los mejores, si es posible- y a fondo. Al fin y al cabo, como decía Italo Calvino, lo importante de los clásicos es que su lección no se agota jamás; los autores clásicos pueden ser revisitados en todo momento.

A muy pocos interesa la cultura. A veces creo que el libro culto o excelente es un objeto extraño en nuestra sociedad. Yo leo y estudio cosas raras, y disfruto y no me aburro, como el «Polycraticus», de Juan de Salisbury, o la «Metanasiana», de Thémiseul de Saint-Hyacinthe. Y no paro de repasar artículos del «Dictionnaire» de Bayle, o de la undécima edición de la «Britannica». Leo «Mirifici Logarithmorum Canonis Descriptio» («Descripción de la maravillosa regla de los logaritmos», en español, y conocido informalmente como «Descriptio») que es un libro del terrateniente y aficionado a las matemáticas escocés John Napier, donde expone, por vez primera, el método de uso de los logaritmos, o leo el «Liber abaci» (1202), libro histórico sobre aritmética de Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci. También me gusta leer novelas de ternura y hechuras novísimas, poesía del ahorita mismo, ensayos sobre tópicos del día, y, de manera obsesiva, recurrente, a los amados clásicos grecolatinos (vano, amigos, nombrar a Homero, Esquilo, Catulo, Virgilio, Plutarco, Platón, Tácito etcétera) Y no molesto a nadie, y no se envilece mi espíritu, y soy moderadamente feliz -mi salud suele sabotearme-; feliz, que es a lo más que se puede aspirar en esta solitaria, pobre, chata, desagradable, brutal y corta vida.

NOTA BENE: ¿A quién hablar de Homero, Dante, Montaigne, Flaubert, Lucrecio, Tolstói, Mann, Mozart, Musil, Boccaccio, Pascal, Stendhal, Eurípides, Cervantes, Séneca, Husserl, Wittgenstein, Hume, Descartes, Schumann? Y eso por no hablar de Orígenes, Tertuliano, Gong Sunlong, Al-Farabi, Juan Poinsot, Ernst Schrörder, Peano, Skolem, Miguel Espinosa, Carranque de Ríos, Telemann, Julio Cejado, Fonollosa, Chatterton, Borel, nombres, no muy ignotos, pero que no conoce prácticamente (o sin prácticamente) nadie. Soy un río de tiempo, nombres y citas que a nadie interesan. Jordi Évole, Roncero y Pedrerol, Carlos Latre, Isabel Pantoja, Bertín Osborne, Pedri y Yamal, las Campos, Georgina, Ayuso, Sánchez, Ábalos, Lola Lolita, Matamoros, Paula Gonu, Ibai, Verdeliss, son lo que se estila, los cerebros de guisante y peso mosca que influyen y están en el candelero. De algún modo la plebe siempre fue menor de edad y notablemente sórdida, pero resulta paradojal que, en la época del conocimiento, brille por su ausencia ese mismo conocimiento, y triunfe la más bárbara ignorancia.

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