
Permítanme desgranar mi gusto o disgusto por esta vida a la que a veces acudo a regañadientes. Alardeo, si es que esa palabra es lícita dicha en positivo, de que ya recuerdo poco, o nada, de lo estudiado o leído, o visto en museos, pero con gana y sin desdén sigo siendo hombre con intereses letrados. Leyendo y escribiendo no me hice sabio, antes al contrario. Escapé mucho del mundanal ruido. No quise publicar cosas de general divulgación. No, no me ha interesado ese público popular. Creo que un poco me arrepiento de mis libros minoritarios en lugar de ganar unos buenos dineros con ellos. También me apena ser un «pesao», un latoso, un rasgo de personalidad imperdonable. No fui fértil en facecias, sí ligeramente malévolo (más privada que públicamente), irónico y, paradójicamente, con sentido común. Y, si tuviera que legar una idea para la posteridad, poco diferiría del lema bíblico: “Colligite quae superaverunt fragmenta, ne pereant”. Me gustan los postres, leer libros raros y la memoria perenne de mamá.
La vida es mortal. Pero acaso podamos hacer en ella un hueco para leer a Juan Clímaco, abad de la comunidad de monjes del Sinaí, autor de «Liber ad pastorem» (existe una «Vida» de Juan Clímaco, escrita por Daniel de Raitu, ciertamente pobre en informaciones precisas) La obra que dio a Clímaco celebridad duradera fue sobre todo «Scala paradisi». Siguiendo una imaginería inspirada en la escala de Jacob, describe las etapas de la ascensión espiritual en treinta escalones, que corresponden a los treinta años de la vida oculta de Jesús. Escrita con mucho sentido psicológico (descripción de la gula o de la acidia, por ejemplo), en una lengua vigorosa y a menudo llena de imágines, la «Scala paradisi» tuvo gran influencia en Oriente, donde fue comentada con frecuencia.
Y también les recomiendo la lectura de Jan van Ruysbroek, ordenado presbítero en 1317, que llegó a «vicarius» y después a «capellanus» de Santa Gúdula. Sus escritos místicos son de un valor excepcional; obras maestras literarias, monumentos de literatura, descripciones preciosas. Lean «La piedra resplandeciente», opúsculo de una belleza y sutileza pasmosa. Ruysbroek habla, como los renanos, de un más allá de las palabras y los conceptos, de la «profundidad abismal del silencio» y del «desierto» al que se llega solo por el no saber.
Nota bene: En Gerona existió un centro activo que contó con cabalistas sobresalientes: Juda ben Yaqar, Ezra ben Salomón, Azriel, Jacob ben Sheshet, Moisés ben Nahmán. Sus escritos han sido casi todos editados y traducidos. Léanlos, si les parece bien, amigos. Es tiempo muy bien empleado. Leer, leer, y no saber nada.
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«El nivel cultural y el ambiente intelectual tenían, según mis recuerdos, mucha más viveza y calidad que ahora. Es un hecho sobradamente conocido que ahora nuestros alumnos vienen a la facultad con muchos menos conocimientos generales, y no solo porque el bachillerato actual es muy inferior al de antes, sino también porque ese alumnado está muy masificado y mediatizado por una cultura más audiovisual y los adelantos tecnológicos en que invierten la mayor parte de su tiempo, y esa deficiente preparación cultural repercute en todo. Se ha volatilizado, el horizonte humanista de aquella Facultad de Letras, ya fragmentada muy significativamente en facultades de Filosofía, Historia, Filología, Pedagogía y Psicología. Este es uno de los exponentes de la creciente especialización de los estudios, que significa, ya en su principio, un empobrecimiento cultural difícil de superar. Que un estudiante de Historia ignore la Filosofía, la Literatura, la Antropología o la Teologia, y los de Pedagogía o Psicología, las Bellas Artes y todo lo demás, es algo que no solo atenta contra la tradición, sino contra la misma idea de la cultura humanista. La especialización está bien, indiscutiblemente, pero a partir de unos conocimientos generales, sin ellos, como decía Ortega, es barbarie», Carlos García Gual.
