Tractatus 4

Conservo mis modales bostonianos (ahí estuve estudiando en los años noventa del pasado siglo), hablo sin levantar la voz y con un asomo de sonrisa. Ni mi conversación ni mis libros son luminosos. Ni dandi ni delgado (calvo y grueso) El mundo clásico, el iniciado con la revolución romántica filosófica del s. XVIII, con la revolución científica del s. XVII, con la revolución industrial incipiente, pero clara, ya en el XVI, se ha terminado y ha aparecido otro nuevo, un mudo del que, pese a atrevidas especulaciones, todavía no sabemos nada. Lo que es evidente es que el mundo que dejamos atrás se va a quedar atrás por siempre, mientras que el nuevo no sabemos en qué va a consistir. Me gusta la filosofía, la ciencia y la política llenas de humor. Es maravilloso cómo preparan los discursos y conferencias los ingleses: siempre empiezan por una broma. Al contrario, los sureños somos tenebrosos y aburridos (yo el primero) Amable y cortés, preocupado por la precisión de mis palabras: desearía que la exactitud y la belleza formaran parte de mis argumentos e ideas. No tengo casa en París, y me aburre Nueva York. Critico la financiación y el sostén de formas de creación que podían desarrollarse y defenderse por sí mismas: la música rock, el tag, los videojuegos, el cine, el cómic… Critico que se use el castillo de Versalles como escaparate para los artilugios de “artistas” como Jeff Koons, el amado de los multimillonarios. Critico a Urtasun, que es a la cultura lo que el ministro Manuel Fernández Silvestre a la historia militar. Nunca llevé un sombrero panamá blanco a juego con el blazer. Nunca mi calzado combinó con el fular. Vivo en una aldea de diez habitantes donde no para de llover. No soy para nada machista ni misógino.

Larga la relación entre la misoginia y los libros, o entre la misoginia y el varón. No todo ha sido amor cortés o salonnieres del XVIII. Gentes de gran categoría escribieron perlas como estas: «La mujer es natural, entonces, abominable», «Para la mayor marte de las mujeres, amar a un hombre es engañar a otro», «A los treinta años una mujer debe escoger entre su culo y su cara», «Cuando se han visto un montón de mujeres alemanas, qué placer causa ver una vaca», «Un gran filósofo creyó que el alma se encontraba en la glándula pineal; ¡ay si yo os dijera dónde pondría el alma de una mujer!», «Se agazapa siempre un mono penoso en la más hermosa y angelical de las mujeres», «No, no crean que las mujeres son gatas o pajarillos; solo son mulos», «Hace dos años que no hablo con mi mujer; fue para no interrrumpirla», «La cama más confortable es la del soltero», «Copular es el acto que más se parece a un tortura o a una operación quirúrgica», «¿Sirven para la política? Bueno, como secretarias de estado del ganchillo», «Más que frágiles, son elementales y simplonas», «Estoy muy contenta de no ser un hombre, porque así no se me obliga a casarme con una mujer», «Refinadas en el rencor, charlatanas inveteradas, indotadas para la lógica, manipuladoras hasta extremos inconcebibles», «El matrimonio viene del amor como el vinagre del vino», «No te creas nunca a una mujer; incluso si dice la verdad», «Instrumentos intercambiables para un placer idéntico», «Los hombres se construyen un rostro en la vejez; las mujeres se lo destruyen», o, ya para concluir, esta cita de Eixemenis: “Els mals naturals de les dones són aquests: el primer, que segueixen de tal manera les seves passions, ja la ira, ja el plaer o allò que sigui, sense mesura; i això porta defalliment de la raó, perquè la raó no pot temperar aquells mals, perquè no n’hi ha; el segon, que parlen tant, que és una maledicció; i això els ve de la mateixa causa, perquè no tenen raó suficient per temperar els seus defectes”.

Bukowski pegaba a su pareja Linda. Modigliani y Picasso las torturaron. Homero, canto XXII, versos 700-705:

«El Pélida al momento depositó el tercer grupo de premios
para la ruda lucha, tras haberlos exhibido ante los dánaos:
para el vencedor un gran trípode para poner al fuego,
que en el precio de doce bueyes valoraban los aqueos entre sí;
y para el vencido puso en el centro una mujer
diestra en muchas labores, a quien tasaban en cuatro bueyes».

O Alfred de Vigny: «No soy amado como quiero, por eso la mujer es un ente bajo, mezquino, vil, que contrasta con la bondad y nobleza del hombre». Y Gonzalo Rojas: «Menos que meretrices, más que vacas,/ merecen un establo/ donde haya cien corridas de mujeres/ en cuatro patas, con las ubres sueltas».

Heinrich Heine, criticando y expliando su animadversión por el libro «De l’Allemagne» de Madame, Germaine, de Staël. En una parte se expresa así de las escritoras:

«¡Oh, las mujeres! […] Cuando escriben, siempre tienen un ojo puesto en el papel y el otro en algún hombre, y esto se aplica a todas las escritoras, con excepción de la condesa Hahn-Hahn, que sólo tiene un ojo. […] Las mujeres, como todas las naturalezas pasivas, rara vez saben inventar, pero tienen el talento de desfigurar los hechos existentes de una manera tan pérfida, que estas falsificaciones refinadas son más dañinas que las vulgares invenciones de los hombres. Creo que verdaderamente mi difunto amigo Balzac tenía razón cuando una vez me dijo con un tono muy afligido: la mujer es un ser peligroso».

Acaso se escandalicen (los ejemplos podrían ocupar varias enciclopedias) No debiera ser así. Es muy sencillo hacer reproches al pasado. El pasado tiene el defecto de ser anacrónico, y nosotros la virtud de no serlo y de estar equipados con una predeterminada sensibilidad moral. No lo olviden, no hay, señores y señoras, peor prejuicio que creer que podemos razonar o ver el mundo sin prejuicios.

Deja un comentario