
«La biblioteca Brautigan, en Estados Unidos, en Burlington, en el estado de Vermont, la integran libros rechazados por los editores, obras abortadas, en suma, que han quedado petrificadas en ese estadio del manuscrito al cual se suma algo peor que el oprobio: el veredicto a menudo tan injusto como definitivo del fracaso. Libros, pues, que no existen […] ¿Cuántos manuscritos existen que, a pesar de fantasear con ser libros, son algo totalmente diferente, huellas impublicables por demasiado personales, demasiado nutridas de pasiones inasimilables, patinazos que no respetan las estrictas convenciones de la edición? ¿Cuántos textos hay que son verdaderas experiencias vitales, desprovistos de todo crédito artístico, y que no han sabido plegarse a los esquemas comunes de las pequeñas fruslerías narrativas que exige la industria del papel impreso? Una infinidad de la que son testigos todos los comités de lectura de las editoriales. De ahí el interés, poético, conceptual y, digamos, humano, de la biblioteca Brautigan, un fondo de manuscritos rechazados», Jouannais.
Los dandis, los malditos, los locos, los fracasados, la comunidad shandy de Vila-Matas, los que sólo escribieron cartas, o esbozos y borradores de novelas, los discretos, los ausentes… Un gran catálogo de raros, de artistas sin bibliografía detrás, que «prefirieron no hacerlo». Su obra, en la mayoría de los casos, fue el silencio: lo que pudo haber sido. Son los míos.
Christian, autor casi sin obra, o con obra de resonancia infinitesimal, cuyo límite tiende a cero. Hermano de Gilles Barbier, quien hizo “de la copia y del plagio (…) una pereza que es una forma de ironía”, y también del borgiano Gérard Collin-Thiébaut, que copió al pie de la letra «La educación sentimental». Sobran escritores, faltan lectores, cierran editoriales y librerías, y, en general, todo en el mundo se ha vuelto tecnológico y si, encima, estás obligado a alcanzar una perfección imposible dadas tus limitadas capacidades, entonces ¿para qué crear? ¿por qué escribir?
Christian nunca tuvo suerte con las mujeres, soportó con resignación una penosa esquizofrenia, sus padres murieron; un pobre solitario sin oficio ni beficio. Llena los estados de Facebook con estupideces que nadie lee. De facto, es un Bartleby. Acaba de cenar una tortilla de ajos tiernos y níscalos. En nada se diferencia de un insecto tapado en reposo por unos hemiélitros pardos, que, al saltar y planear, se despliegan con un color rojo intenso, mientras se acompaña el vuelo de un sonido «crotalino». De facto, es un Gregor Samsa. Le gusta Josep Pla y la prosa ensayística de Piers Vitebsky. Hoy soñó que volvía a Barcelona…
