Mastines y memoria 8

Mis mejores momentos son aquellos de una soledad tranquila, sin angustia a la vista, leyendo o delante del ordenador, escribiendo o pensando un poco. La mayor soledad es ser ignorado por aquellos a quienes no puedes olvidar (experiencia aterradora) Acaso nuestra eterna búsqueda consista en romper la soledad. No sé. Cuando estoy en la tertulia con mis amigos, o abrazado a mi perrita, noto, advierto, percibo un raro triunfo. Pero, solo, soy como una pupa que obtiene sus alas. Gracias a la soledad aprendo (a veces) a ser amable conmigo mismo, aprendo también mis fortalezas (y debilidades) En medio de esta tierra superpoblada, recalentada, ruidosa, bulliciosa y completamente loca, una cabaña en el bosque, un bosque cerca de una minúscula aldea, pueden ser la gran utopía, la única solución.

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Artaud, encerrado en distintos hospitales psiquiátricos (los repasa en sus cartas: su detención en El Havre, después sus estancias en los hospitales psiquiátricos de Ruan, Sainte- Anne, Ville- Evrard, Rodez), en medio de la guerra mundial y la Francia ocupada por el nazismo, después de siete años, suplica por su libertad. Clama contra su soledad.

Un resultado, la soledad por el aislamiento del encierro, termina convirtiéndose en dolorosa causa de su afección: “A fuerza de enclaustramiento, de soledad, de aislamiento, había terminado entumeciéndome”: ya no podía crear: ya no hay espacio para la literatura, la poesía, el teatro. El director del hospital de Rodez, Gastón Ferdiere le autorizó a salir. “No solo me ayudó a vivir usted, me invitó a vivir cuando yo me debilitaba. Efectivamente hay que ir, volver, salir, ver gente y cosas. No es bueno permanecer perpetuamente en frente de sí mismo, en lo mental, como hacía yo desde hace seis años porque ya no tenía amigos a mi alrededor … De puro estar encerrado se acaba imaginando que el mundo exterior no existe. Y la conciencia se resiente de ello. Termina perdiendo el sentido de lo concreto, de lo objetivo, y por consiguiente de lo verdadero. Y está bajo la amenaza de fijarse desconsideradamente en falsas imágenes, falsas impresiones. Y con el tiempo creer en ellas”.

Del «Diario» de S. Plath:

“Creo que ahora sé lo que es la soledad, al menos la soledad circunstancial. Procede de un núcleo difuso del yo… como una enfermedad de la sangre que se extendiera por todo el cuerpo y cuyo origen, cuyo foco de contagio, fuera imposible identificar. Estoy de nuevo en mi habitación en Haven House, han terminado las vacaciones de Acción de Gracias. Nostalgia es la palabra que se usa para nombrar lo que siento ahora. Estoy sola en mi habitación, entre dos mundos. Abajo están las pocas compañeras que ya han regresado (ninguna estudiante de primer año, ninguna a la que conozca realmente) Podría bajar con papel de carta para justificar mi presencia, pero no lo haré todavía… todavía no. No, no intentaré escapar de mí misma refugiándome en conversaciones forzadas: «¿Han ido bien las vacaciones?». «Muy bien, sí, ¿y a ti qué tal?» Me quedaré aquí e intentaré examinar esta soledad. A duras penas consigo recordar los cuatro días de vacaciones: una imagen borrosa de mi casa, más pequeña que cuando me fui, las manchas en el papel de pared amarillo aún más evidentes, mi antigua habitación, que ya no es realmente mía, porque han desaparecido todas mis cosas, mamá, la abuelita, Clem, Warren y Bob, el paseo con los chicos antes de la reunión familiar y la cena, la charla con Bob antes de ver Las zapatillas rojas; mi pareja en la fiesta del sábado, alto, rubio y terriblemente popular, y luego el domingo, entumecida e indiferente, y justo cuando había empezado a acostumbrarme a las caras familiares tuve que regresar en coche”.

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Aristóteles: “El hombre solitario o es un dios o es una fiera”.

Epicteto: “No busquéis el bien fuera de vosotros: buscadlo dentro de vosotros mismos o nunca lo encontraréis”.

Marco Aurelio: “En ninguna parte puede encontrar el hombre un retiro más tranquilo y menos agitado que en su propia alma”.

San Agustín: “No salgas fuera de ti, vuelve a ti, en el interior del hombre habita la verdad”.

Francesco Petrarca: “He buscado siempre la vida solitaria (los ríos, los campos, los bosques lo saben) para huir de esos ingenios deformes y miopes que han perdido el camino al cielo”.

Leonardo da Vinci: “Si estás solo, serás todo tuyo, y si estás acompañado por una sola persona serás medio tuyo, y tanto menos cuanto mayor sea la indiscreción de su trato”.

Arthur Schopenhauer: “La paz de corazón verdadera y profunda y la perfecta tranquilidad del espíritu, estos bienes supremos sobre la tierra después de la salud, no se hallan sino en la soledad y, para ser permanentes, en la incomunicación absoluta”.

Friedrich Nietzsche: “En la soledad crece lo que cada cual lleva consigo, incluso la bestia interior. Así, hay que disuadir a muchos de la soledad”.

Miguel de Unamuno: “Hay que convertir en reflexión el instinto si se quiere que llegue a ser instintiva la reflexión”.

Michel de Montaigne: “En cierto modo encuentro más soportable estar siempre solo que no poder estarlo nunca”.

Lord Byron: “En la soledad es cuando estamos menos solos”.

Harry Emerson: “Todo hombre es sincero a solas: en cuanto aparece una segunda persona aparece la hipocresía”.

Gabriel Celaya: “A solas soy alguien. En la calle, nadie”.

Concepción Arenal: “La soledad se soporta tanto peor cuanto menos recursos espirituales tiene el solitario”.

H. D. Thoreau: “Jamás hallé un compañero tan sociable como la soledad”.

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