
En mis libros divido las ideas por saltos de pensamiento à la caballo de ajedrez (los asteriscos también cumplen con esta función de transición) Pero, para evitar la disgregación que desemboca en una ininteligibilidad hegeliana o heideggeriana, asumo cierta, e implícita, prosa de relojero.
La lógica es un instrumento del orden correcto, una relación metódica de categorías y proposiciones, un cálculo algebraico del lenguaje.
El lenguaje estético, a mi ver, admite (debe admitir y obligar a) oscilaciones entre el orden y la entropía. Mi aflojamiento mental, propio de la esquizofrenia, si se desbordara espontáneamente, daría lugar a lo que coloquialmente los psiquiatras llaman «ensalada de palabras» (una alogia formal caracterizada por: (i) fuga de ideas (ii) neologismos (iii) paragramatismos (iv) incoherencia (v) circunloquios)
El flujo de conciencia o el surrealismo verbal son vagas inpiraciones en el fondo muy diferentes. Lo más parecido que leí de este síntoma en buena literatura: cosas de Leopoldo María Panero, algunas zonas de la prosa de Woolf, Cortázar, Clarice Lispector y Joyce, o la desorganización delirante de Artaud.
La clave está en dar al lector un hilo mínimo, que sirva de ancla, aunque el texto salte de idea en idea, o de cita en cita. Me gusta mantener la libertad expresiva, pero evitar que el lector se pierda. El hilo conector, asimismo, puede ser emocional o sensorial, no solo lógico.
