Tu quoque 2

Las estrellas no son adornos fríos suspendidos en la negrura; son puertas diminutas abiertas en la esfera de la noche, por las que la luz de otros mundos entra a raudales. Cuando fijamos en ellas la vista, sentimos que la mente se inclina y el corazón reverente se apiada, como un árbol que el viento dobla, hacia una región que no es de este mundo… y allí, por un instante, somos más de lo que somos. Ya dejó dicho Emerson que las estrellas producen un efecto particular, porque brillan siempre desde un lugar inaccesible. Y Pascal señaló la angustia universal al observar el cielo estrellado: ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y voluntad de quién ha sido destinado este lugar y este tiempo para mí?

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«Cuando el hombre levanta los ojos a la noche, y ve sobre sí la multitud de estrellas, el orden que guardan y el concierto admirable con que se mueven, siente como si algo en su interior despertase del sueño de la tierra. Aquel cielo poblado de luces es una lección muda y perpetua que enseña al corazón humano a buscar lo alto, lo eterno, lo que no pasa», Fray Luis de León, «Los nombres de Cristo».

«El cielo nocturno parecía descender sobre la sierra como un manto bordado de signos. Las estrellas no iluminaban: insinuaban. Y en esa insinuación cabía todo un universo de plegarias mudas», Gabriel Miró.

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No hay visiones más solemnes que los campos estrellados del cielo. Cielo de mi infancia. Porque el cielo nocturno de aquella rica infancia está bordado con una precisión que ninguna memoria puede borrar. Las estrellas eran insectos inmóviles, atrapados en la resina del tiempo. A veces, cuando la noche es propicia, vuelvo a ver aquel firmamento de Sitges, y siento que toda mi vida está suspendida entre dos constelaciones. En su silencioso orden encuentro una libertad profunda, una serenidad que me libra del peso de mis propios pensamientos. Allí donde la razón se agota, comienza la música de las esferas.

Quien no ha sentido vértigo ante el cielo estrellado es incapaz de comprender su propia pequeñez. En esas noches, yo veo a los hombres como sombras que pasan, pero veo también su grandeza: que todavía siendo tan pequeños, son capaces de mirar la inmensidad. Lucrecio, «De rerum natura»: «Mira cómo la noche extiende su manto y cómo innumerables fuegos puntean la inmensa bóveda. Allí no hay cólera divina ni presagios fatales: sólo la serena marcha de los átomos en el vacío. Quien comprende esto, vive sin temor, sabiendo que las estrellas no nos juzgan; sólo brillan».

Cuando las miro siento que la mente se vuelve transparente, como si estuviera hecha de la misma sustancia que ellas. Las estrellas dejan caer pensamientos fríos, perfectos, que nos recuerdan que el universo no se agota en nuestro lenguaje. Joseph Conrad: «En el mar, una noche estrellada es una revelación. No hay tierra, no hay refugio, solo un cielo inmenso que cae sobre ti, recordándote que tu destino es tan frágil como un hilo en la tormenta».

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