Cyril 64

Los antipsicóticos producen un síndrome de toxicidad cerebral: lentitud cognitiva, embotamiento afectivo, pérdida de espontaneidad. El sujeto no está más sano; está menos vivo. La psiquiatría ha confundido la supresión del comportamiento con la curación. El silencio químico no es salud mental. Es una forma de discapacidad inducida. No curan enfermedades mentales; producen estados neurológicos anormales. Llamar “tratamiento” a la inducción química de una parálisis emocional es un abuso del lenguaje. El paciente no mejora: se vuelve menos molesto. El fármaco no restituye la razón; la suspende. El precio de la calma es la amputación de la iniciativa, de la curiosidad, del deseo. Se obtiene obediencia farmacológica a costa de la vitalidad.

Eugen Bleuler, en sustancia: «Una mente apaciguada artificialmente puede parecer más organizada, pero su coherencia es puramente negativa. Se pierde tanto el sufrimiento como la capacidad de elaboración. El paciente no progresa: se detiene. La calma no siempre es signo de curación; a menudo es signo de empobrecimiento».

Con el tiempo (soy gato viejo) te das cuenta que si dejas de protestar te consideran un éxito clínico. Cualquiera que haya tomado neurolépticos sabe que no sufre como antes, pero tampoco siente, o, mejor, que sus sentimientos están como acolchados. Es una forma extraña de inexistencia: vivir sin intensidad, como si alguien hubiese bajado el volumen de la vida. Pierdes el tono de tu personalidad, te vuelves menos flexible, más uniforme.

Estratégicamente no recomiendo expresar estas ideas o similares al psiquiatra. Por instinto de conservación aprendí a callarme. Debido a que yo no me suelo tomar los fármacos, me inyectan mensualmente el Xeplion. Hoy lo hicieron (pesadez, niebla, acatisia, sequedad, mirada fija, cansancio) La sensación es no poco aborrecible. El antipsicótico no solo actúa sobre el delirio, sino sobre la biografía. No elimina una idea: reduce el rango entero de la experiencia. Es una medicina que cura amputando. A veces necesaria, a menudo brutal, siempre ambigua. La pregunta no es solo qué quita al síntoma, sino qué le roba al sujeto.

Lo expreso muy bien mi colega y maestra Sylvia Plath en «La campana de cristal»: «Las pastillas no traían la felicidad prometida, sino una calma espesa, una especie de nieve interior. Ya no lloraba, pero tampoco deseaba. El mundo seguía allí, intacto, pero yo lo observaba desde detrás de un cristal grueso. Era como si me hubieran anestesiado el alma dejando el cuerpo despierto». Los pensamientos no corren, pero tampoco caminan. Tu cerebro está desvaído como una fotografía mal revelada. La locura desaparece junto con la alegría, se pierde la locura a costa de perder la vibración y resonancia con el mundo y la vida.

Los fármacos no te curan, te vuelven compatible. Y ser compatible no es estar bien. La supervivencia no es lo mismo que la plenitud.

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INFORME CLÍNICO

Unidad de Asistencia Domiciliaria

Paciente: C. S. G.

Edad: adulta (no relevante a efectos narrativos)

Fecha: [día de inyección mensual]

Médico responsable: Dr. L. V. (apellido deliberadamente omitido)

Diagnóstico administrativo: Trastorno psicótico crónico (código utilitario)

Tratamiento vigente: Palmitato de paliperidona (Xeplion®, inyectable mensual)

Motivo del informe

Evaluación del estado psíquico del paciente tras administración de neuroléptico de depósito y valoración de su impacto funcional, afectivo y biográfico.

Observación clínica directa

El paciente comparece tranquilo, no disruptivo, cooperador. Mantiene contacto ocular suficiente. Discurso organizado, sin ideación delirante manifiesta durante la entrevista. No protesta. No solicita cambios terapéuticos. A efectos estadísticos, el caso podría clasificarse como estabilizado.

Relato subjetivo del paciente

(transcrito parcialmente por considerarse clínicamente ilustrativo)

Refiere que, tras la administración del fármaco, experimenta lentitud cognitiva, embotamiento afectivo y pérdida de espontaneidad. Describe la vivencia como una reducción global de la intensidad vital, “como si alguien hubiese bajado el volumen de la vida”. Manifiesta que ya no sufre como antes, pero tampoco siente con plenitud; los afectos aparecen acolchados, amortiguados, sin resonancia.

El paciente utiliza una metáfora recurrente: “mi cerebro funciona como una fotografía mal revelada: la imagen está, pero sin contraste”. Reconoce que la desaparición de la sintomatología psicótica se acompaña de la desaparición de la alegría. Acepta la calma, pero la define como calma amputada.

Análisis psicopatológico

Desde el punto de vista estrictamente clínico, el neuroléptico cumple su función: suprime la expresión sintomática. No obstante, el paciente señala —con notable capacidad reflexiva— que el tratamiento no actúa únicamente sobre ideas delirantes, sino sobre el rango entero de la experiencia.

Se observa lo que el propio paciente denomina una “parálisis emocional funcional”:

disminución de la iniciativa

empobrecimiento de la curiosidad

reducción del deseo

uniformización de la personalidad

El sujeto no presenta agitación ni queja; por tanto, encaja sin fricción en el dispositivo asistencial.

Consideraciones históricas (aportación del paciente)

El paciente cita a Eugen Bleuler, recordando que una mente artificialmente apaciguada puede parecer más organizada, pero que dicha coherencia es negativa, obtenida por sustracción. Señala que la calma no siempre equivale a curación, sino a empobrecimiento psíquico.

Impresión clínica

Con el paso del tiempo —refiere el propio paciente— ha aprendido que dejar de protestar equivale a ser considerado un éxito terapéutico. El silencio subjetivo se interpreta como mejoría objetiva. La obediencia farmacológica sustituye al conflicto, y el conflicto sustituido se da por resuelto.

El fármaco no restituye la razón; la suspende. No elimina una idea: estrecha la vida. Produce una forma de inexistencia soportable, clínicamente aceptable, humanamente ambigua.

Valoración ética (no protocolaria)

El antipsicótico no solo trata un trastorno: reescribe una biografía. Cura amputando. A veces necesario. A menudo brutal. Siempre ambiguo. El éxito clínico se paga con pérdida de vitalidad, pero la vitalidad no figura en los baremos oficiales.

Conclusión

Paciente estable, no problemático, funcionalmente compatible con el medio institucional. Persisten, sin embargo, signos de discapacidad subjetiva inducida que no se consideran clínicamente prioritarios por no generar conductas disruptivas.

La pregunta que queda fuera del informe —y quizá por eso es la única relevante— no es qué elimina el tratamiento del síntoma, sino qué le sustrae al sujeto.

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