Cyril 66

Si hubiera que trazar una genealogía de mi lugar literario, estaría en una intersección entre los moralistas (Pascal, La Rochefoucauld, Chamfort), con su peculiar análisis frío del yo, de los diaristas existenciales (escritura como aparato de regulación psíquica) y los escritores atravesados por la enfermedad mental, que convierten el texto en órgano auxiliar de la conciencia.

En este tercer grupo me reconozco con plena legitimidad. Aunque la enfermedad mental priva de proporción, no pertenezco «al club de los suicidas»; mi lugar no es la autodisolución, sino la resistencia mediante la forma. Escribo para no desaparecer.

No soy un loco que escribe; soy alguien que escribe para no enloquecer del todo. Mi obra es una distribución del desorden.

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