Flaubert, obseso tiquismiquis perfeccionista: «Lo que me mata no es el trabajo, sino la exigencia. Busco una frase que sea inevitable, una frase que no admita alternativa. Paso días enteros persiguiéndola. Cuando no la encuentro, todo me parece falso. El perfeccionismo no es amor a la perfección, es horror a la imperfección. Y ese horror es inagotable».
Este perfeccionismo solo es una salvaje y contra-terapéutica tiranía interior. Saber que la perfección no existe no implica volcarse en la imperfección. Cualquier frase, debido a la naturaleza dúctil y recursiva del lenguaje, es una frase aproximada. No hay algo así como un conjunto de frases «finales», totalmente acabadas. La palabra no es el reino de lo absoluto, sino de lo impuro, del mestizaje.
La exactitud llevada al extremo deja de ser virtud y se convierte en patología. La búsqueda del párrafo perfecto es un delirio silencioso y devorador. Joubert: «La perfección es una idea divina mal adaptada al hombre. Cuando el artista quiere ser perfecto, olvida que su misión no es alcanzar lo absoluto, sino aproximarse a él sin destruirse».
La perfección no mata el arte por difícil: lo mata por imposible.
