Permítanme un puritanismo dogmático. Estas conclusiones se desprenden de mi vida meditativa y agraz.
El entusiasmo por la felicidad es una forma refinada de estupidez. Cuando se la eleva a ideal, se incurre en una mistificación peligrosa: se enseña a los hombres a huir de sí mismos, a distraerse de su condición. La felicidad como fetiche publicitario universal. No me fío de quien está alegre sin motivo, como no me fío de una habitación llena de empalagosas tartas de chocolate. La alegría moderna es una obligación social (y de ahí el tufo industrial de la autoayuda)
Siempre he desconfiado de la gente alegre. Su alegría es una estrategia, un sistema de defensa contra la verdad desnuda. Se ríen para no pensar y celebran para no observar. La alegría no es inocente; es un ácido que corroe la conciencia de nuestra desdicha planetaria. El pesimismo no es una tara.
El mundo está mal hecho. El hombre no es bueno ni noble. Donde todos se alegran a la vez, algo ha sido simplificado, amputado, reducido a cliché. La cultura contemporánea ha convertido la alegría en una obligación y desacredita a la tristeza. Hay que mostrarse satisfecho, ligero, «happy». Lo gratificante sacrifica la inteligencia.
Quien está demasiado alegre suele estar mal informado de sí mismo.
