La vaca piensa despacio, como Galicia. Su paciencia, senequista, es una forma de sabiduría rural. Mientras el hombre gallego duda, calcula o recuerda, la vaca ya acepta el rigor del mundo. No protesta contra los aguaceros, el barro, el viento, el sol, los tábanos o las moscas: los integra como vaivenes de su pequeño cosmos. En su mirada hay una serenidad anterior a Roma y Grecia, a imperios y guerreros.
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El hórreo gallego parece una piedra heideggeriana. Apoyado en sus pies de piedra, mira el valle con una calma casi monástica. En la aldea donde vivo aún hay hórreos vivos. Cuando el hórreo se convierte en adorno turístico, algo esencial se ha perdido: ya no guarda grano, guarda barniz.
