Estimados amigos:
Muchas gracias por vuestra presencia en esta deliciosa madriguera o escondrijo o latebra de Moncho, lugar propicio para los más nefandos conciliábulos tenebrosos, y, uno de ellos, el más fatal, la presentación de estos libros míos, libros estúpidos satisfechos de su propia mendacidad, libros que se leen con dolor y se olvidan con alegría, libros de una vanidad temeraria (recordemos a Borges: «Un libro puede ser inútil, y aun así ser admirable. Pero un libro que pretende ser importante y no lo es, resulta intolerable. La vanidad literaria es una de las formas más tediosas del error humano. Preferiría releer una página honesta que cien libros convencidos de su trascendencia»)
Nada tedioso y muy admirable resulta el gozoso presentador de los mismos, el sabio humanista y científico Dr. Vicente Gracia. Me siento profundamente honrado y feliz, más allá de lo que pueden expresar el afecto y las palabras. Permítanme citar a Spinoza para retratar fielmente al Dr. Gracia: «El sabio no se lamenta ni se indigna: comprende. Su esfuerzo no consiste en juzgar a los hombres, sino en entender las causas que los determinan. En lugar de odiar, esclarece; en lugar de condenar, explica. La sabiduría no es indignación moral, sino inteligencia de la necesidad». Gracias por su generosidad maestro.
También quisiera agradecer a la editorial Elcercano y a su director, Moncho Conde Corbal, la paciencia inhumana por publicar mis mamotretos intraducibles incluso del español al español. E invitar a que se pasen por su catálogo excelso con nombres insignes excepto el de este menda que les habla con lengua pastosa, zaraspastrosa y casi ininteligible.
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Seré breve. Compactaré en unos breves axiomas o apotegmas lo que yo creo que logran mis libros, sus intenciones y en qué fracasan:
(i) Su principal defecto es la prolijidad o expansividad no autocontenida. Hubiera podido agruparlos en categorías temáticas y lógicas, recortar lo redundante etc y así serían mucho más legibles. Incluso los libros que pertenecen a la especie caótica tienen un orden y unas reglas de distribución secretas. La entropía sin brida es mal compañero estético. Debiera haber dosificado su técnica de mosaico, acumulación de fragmentos, monólogo de conciencia, y haberme acogido a algunas sombras de la lógica clara y distinta. Esta técnica demasiado caótica de montaje implica que la forma que menos cansa a sus lectores sea leerlos de poco a poco, unas diez páginas un día, otras diez al día siguiente, y así sucesivamente. Leer como sorbitos de un vino espumoso. Leer los libros de corrido se hace farragoso, incluso para lectores experimentados. Mea culpa.
(ii) Mis deseos más lúbricos hubieran sido no escribir para decirles a los lectores qué deben pensar, sino para acompañarlos mientras piensan. El lector no como un discípulo, sino como un cómplice silencioso. De ahí la función de los cientos de citas.
(iii) Un autor solo pide a su lector una cosa: atención. No simpatía, no indulgencia, no aplauso. Atención absoluta. Todo lo demás es literatura secundaria. Permítanme decirlo así, a bocajarro. Pido a los dioses ser leído con cuidado, no al desgaire, no en zigzag. En esto soy consciente que voy a contrapelo de la época.
(iv) ¿Mi propósito más alto con mi obra, del que no logré apenas migajas? Permítanme cobijarme bajo la égida de mi maestro Proust: «Cada lector es, cuando lee, el lector de sí mismo. El libro no es más que un instrumento óptico que el autor ofrece para permitirle discernir lo que sin él quizá no habría visto. No te pido que me comprendas; te pido que te observes. Si el libro no te devuelve una imagen transformada de tu propia vida, no ha ocurrido nada».
(v) Busco en quien leyere inteligencia y memoria. No busco lágrimas ni simpatía. Busco que se mediten y se relean, no mis propias ideas, sino las ideas y la manera verbal de expresarlas en los trenes casi infinitos de citas que aparecen en ellos.
(vi) Busco en quien me lea lealtad a mi esfuerzo, cierta comprensión de la magnitud (seguramente en el fondo fallida) de la empresa.
(vii) No escribo para todos. Escribo para un lector muy concreto —tal vez inexistente—: alguien dispuesto a leer sin prisa, a releer, a tolerar la ambigüedad, a aceptar que no todo texto está para confirmar lo que uno ya piensa. Si ese lector existe, aunque sea uno solo, la escritura ya ha cumplido su función.
(viii) En el fondo, escribo porque creo que la forma es una forma de moral. Porque ordenar una frase es una manera modesta pero real de oponerse al caos. Porque mientras escribo, el mundo —por un instante— se vuelve legible.
(ix) Mis libros tienen fallos, muchos. Son libros obsesivos, reiterativos, a veces demasiado densos. No buscan la claridad pedagógica ni la seducción inmediata. A menudo exigen más de lo que dan. Lo sé, y no me disculpo del todo: esa dificultad forma parte de su ética. Prefiero un libro que incomode a uno que tranquilice.
(x) No creo en la escritura como entretenimiento ni como mercancía emocional. Creo en la escritura como forma de resistencia. Resistencia al ruido, a la prisa, a la simplificación moral. Mis libros piden algo que hoy casi nadie concede: tiempo, atención, lentitud. No prometen consuelo rápido ni felicidad prefabricada. Prometen, si acaso (y perdonen), lucidez.
(xi) Mis libros no nacen del deseo de agradar ni de convencer. Nacen de una necesidad más primaria: entender qué me pasa cuando el mundo pesa demasiado, cuando la realidad se vuelve invasiva, cuando el yo se fragmenta. Escribo para no desaparecer del todo. Para fijar algo que, si no se escribe, se disuelve.
(xii) Escribo porque no sé vivir de otro modo. No escribo para contar mi vida, sino para hacerla habitable. Para poner distancia entre el golpe y la herida. Para convertir la experiencia —que suele ser caótica, excesiva— en una forma.
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Disculpen las imprudencias y la logorrea. Ustedes, amigos míos, «cercanos» del corazón, son el único lugar donde mi yo puede descansar sin vigilancia. Con ustedes no hay que representar ningún papel. Uno puede mostrarse incompleto, cansado, incluso mediocre. Aceptan lo que soy aún cuando tan a menudo estoy lejos de una versión ideal y a la altura necesaria.
Gracias desde lo más hondo de mí mismo. De veras.
