Cyril 81

Fiebre, mareos, vómitos y malestar. El cuerpo enfermo aplana la mente. El pensamiento no puede organizarse porque el dolor reclama atención constante. El cuerpo habla sin cesar y no deja hablar a la frase. La fiebre no destruye la inteligencia, pero sí el tono, y sin tono no hay prosa posible. Todo lo que se escribe suena falso, descompuesto, sin respiración interna. El organismo enfermo introduce una disonancia que arruina la música de la frase. Uno no puede sostener una línea de pensamiento. Cada frase se corta antes de alcanzar su forma. La fisiología impone pausas arbitrarias, respiraciones falsas, interrupciones sin sentido. Escribir exige continuidad; la enfermedad introduce fragmentos sin orden.

Con fiebre no se puede escribir. No porque falten ideas, sino porque el cuerpo se interpone como un muro. Cada frase exige una fuerza que ya no existe. El pensamiento intenta avanzar, pero tropieza continuamente con el dolor, con el sudor, con la respiración irregular. El cuerpo no colabora: ocupa todo el espacio. Cuando estoy enfermo, no soy alguien que no escribe; soy alguien a quien se le ha retirado el permiso para hacerlo.

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