Me gusta escribir de noche, la hora de las brujas y de la magia negra. La noche no es solo inspiración, es como una reclusión o una retirada. No se escribe necesariamente mejor de noche: se escribe con menos interferencias. Durante el día todo se interpone —las personas, las obligaciones, la estupidez organizada—. De noche el mundo se repliega y deja al pensamiento a solas con su propia ferocidad y alarido. Muchos escritores confunden ese alivio con una cualidad estética. No es que la noche produzca mejores frases; es que permite escribir sin tener que defenderse de los azotes tontos del día. El escritor nocturno no busca a las musas: busca inmunidad frente a la barbarie oficial.
Durante el día no logro penetrar bien en el texto; algo se resiste, como si la frase no quisiera dejarse elaborar o fluir del todo. La noche favorece mi escritura porque favorece mis exageraciones. Todo me parece más grave, más enfático, más definitivo. Por eso muchos creen que escriben mejor de noche; en realidad, lo que ocurre es que piensan con menos moderación. La noche no mejora el pensamiento; lo radicaliza. El escritor que solo confía en la noche sospecha del día porque el día introduce proporción, orden, mesura, y la proporción es enemiga del desahogo.
Flaubert, en cambio, creía que la mañana es menos propicia para el delirio, pero más favorable a la exactitud. El trabajo serio exige una mente todavía no contaminada por el mundo. La noche excita; la mañana corrige. Muchos confunden entusiasmo con verdad. Yo prefiero -insistía Flaubert- la frase que resiste la luz del día a la que solo brilla en la penumbra.
¿Escribir de día o de noche? Probablemente todo mero fetichismo de escenografía psicológica para reducir la ansiedad.
