¿Le diríamos a David Uclés que la vestimenta se vuelve significativa cuando la obra no lo es lo suficiente? A mi juicio un escritor debería pasar inadvertido; su singularidad pertenece a la página, no a las pintas.
Permítanme una opinión contundente: la idea del escritor como figura pintoresca (anillos, foulards, colorines) es una de las invenciones más grotescas del mundo cultural. El atuendo del escritor no dice nada de su pensamiento. La boina, el abrigo raído, la mirada adusta, son disfraces tan ridículos como el frac del concertista.
De acuerdo con Susan Sontag: «La pose intelectual es una tentación permanente. Convertir el aspecto personal en declaración estética es una manera de simplificar la obra. El estilo verdadero no se lleva puesto: se construye frase a frase. La teatralización del escritor empobrece la lectura».
La ropa no escribe, la mente sí.
