Cyril 105

Andrés de Coimbra, natural de Valladolid, es un caso ejemplar de prosperidad expresiva sin pensamiento. No escribe mal: escribe exactamente como se espera que se escriba cuando no se quiere pensar demasiado. Su lenguaje es intercambiable. Podría firmarlo él o cualquier otro: da lo mismo.

Coimbra nunca piensa a fondo. No porque no tenga tiempo, sino porque el fondo le resulta incómodo. El pensamiento prolongado le produce una ligera irritación, una impaciencia física. Necesita que las frases se agoten en la primera lectura, que no exijan retorno, que no pidan respiración. Una frase que resiste, que obliga a releer, le parece sospechosa, casi ofensiva.

Piensa en consignas. Escribe consignas. Vive rodeado de fórmulas breves que le protegen contra la necesidad de pensar. No argumenta ni razona: sintoniza. Su pensamiento no se despliega, se activa. Funciona por reflejos lingüísticos. Cuando habla, no elige palabras: selecciona plantillas.

Su lenguaje está reconciliado con la superficialidad. No lucha contra ella; la ha aceptado como horizonte natural. Privilegia la velocidad, favorece formas de expresión fragmentarias, celebra la frase que se consume de inmediato y deja una sensación vaga de acuerdo. No es que su contenido sea falso: es superficial por diseño. Ha aprendido —como se aprende un oficio— que lo complejo no circula, que la subordinación ralentiza, que el matiz estorba.

En todos sus formatos escritos hay una brevedad perenne, militante. El pensamiento, reducido a eslóganes, se vuelve manejable, compartible, rentable. Coimbra no formula ideas: las empaqueta. Y como los pensamientos no se expresan naturalmente en consignas, lo que produce no son pensamientos, sino señales. Señales rápidas, tranquilizadoras.

Allí donde el lenguaje se convierte en fórmula repetible, el juicio individual tropieza. En Coimbra, simplemente, no llega a nacer. No porque haya sido reprimido, sino porque nunca fue necesario. El algoritmo no se lo pidió. Sus seguidores tampoco. El juicio individual es una carga inútil cuando basta con coincidir.

Coimbra triunfa. Triunfa mucho. Tiene miles y miles de seguidores. Cada frase suya recibe una avalancha de adhesiones inmediatas. Es celebrado por su “claridad”, por su “capacidad de síntesis”, por “decir lo que todos pensamos”. Y, en efecto, dice exactamente eso: lo que ya estaba pensado antes de ser dicho. Su éxito no es accidental: es estructural. Ha entendido que la red no premia el pensamiento, sino el reconocimiento inmediato.

Su obra —si puede llamarse así— no es solo una pobreza estilística. Es una pobreza política y moral. No porque defienda ideas detestables, sino porque ha renunciado a tener ideas propias. La estandarización de su lenguaje es una forma de obediencia dulce. No impone: se adapta. No cuestiona: confirma. No incomoda: acompaña.

Coimbra no se da cuenta de que su lenguaje ha perdido la capacidad de demora, de matiz, de profundidad. No percibe la amputación porque nunca ha sentido el miembro. Ignora que el pensamiento verdadero necesita frases largas, respiración sintáctica, subordinación, rodeos, correcciones. Todo eso le parece literatura innecesaria, elitismo, ruido.

A veces inventa fragmentos de biografía, pequeñas escenas de vida, anécdotas prefabricadas. No para narrarse, sino para ilustrar consignas. La experiencia no precede a la frase: la frase dicta la experiencia. Vive de acuerdo con el lenguaje que circula, no al revés. Su vida es material auxiliar de su discurso, no su origen.

La decadencia del lenguaje, en Coimbra, no consiste en usar palabras incorrectas, sino en su incapacidad para formular pensamientos complejos. Su habla es automática, empobrecida, eficiente. Frases hechas, expresiones prefabricadas, fórmulas breves sustituyen el esfuerzo de pensar. No hay error: hay renuncia.

Y, sin embargo, Coimbra duerme tranquilo. Está satisfecho. Se siente escuchado, validado, acompañado. El mundo le responde con rapidez. No sospecha que ese aplauso constante es el eco de una habitación vacía. No sabe —y quizá no podría soportarlo— que ha cambiado el peso del pensamiento por la ligereza del éxito

Deja un comentario