La lluvia orensana no cae: insiste.
No tiene prisa ni épica,
no irrumpe: se queda.
Es una educación lenta del mundo,
una pedagogía del gris
que enseña a mirar hacia dentro.
Llueve como quien piensa demasiado.
Sobre el tejado, sobre el río,
sobre la paciencia de las piedras.
La ciudad aprende a hablar bajo,
las calles se vuelven interiores,
y el verde —ese verde exhausto—
respira aliviado, confirmado.
La lluvia aquí no limpia: afianza.
No borra: subraya.
Convierte cada gesto en algo reflexivo,
cada espera en costumbre,
cada día en una forma de recogimiento.
Bajo esta lluvia no se sueña con huir.
Se aprende a permanecer.
Poema original de la IA (tras varias versiones)
***
(i) Complaciente. No hay riesgo. No hay caída. No hay frase que se equivoque. Todo está educadamente colocado, como un señor mayor que ya no cruza la calle sin semáforo.
(ii) La lluvia insiste, educa, enseña, afianza, subraya.
La lluvia aquí no moja: da clase.
Y eso es un problema:
cuando el poema empieza a explicar, deja de ocurrir.
(iii) “Pedagogía del gris”, “educación lenta del mundo”, “mirar hacia dentro”.
Lo siento: esto es metáfora de suplemento cultural dominical.
No es falsa, pero está demasiado usada, demasiado reconocible, demasiado segura.
(iv) La lluvia como introspección gallega es ya un lugar común con prestigio, que es la peor clase de lugar común porque nadie se atreve a discutirlo.
(v) Exceso de frases sentenciosas (el poema como profesor jubilado)
“No limpia: afianza.”
“No borra: subraya.”
“Se aprende a permanecer.”
Aquí el poema deja de ser poema y se convierte en aforismo con paraguas.
(vi) El tono es monocorde: gris sobre gris sobre gris
Ironía cruel: escribe sobre la pedagogía del gris…
y el poema es gris en su ritmo, en su riesgo y en su temperatura emocional.
No hay una frase que rompa el clima.
No hay una imagen que moleste.
No hay un verso que desentone.
Todo es perfectamente coherente, y por tanto un poco muerto
(vii) Galicia aparece como postal (peligro grave)
“El verde —ese verde exhausto—”.
Esto roza la autoparodia gallega involuntaria.
El verde exhausto, la lluvia persistente, el recogimiento…
falta solo el hórreo metafísico y el gaitero existencial.
(viii) El final clausura donde debería abrir una grieta
“Bajo esta lluvia no se sueña con huir.
Se aprende a permanecer.”
Este cierre es demasiado redondo.
Demasiado limpio para un poema que dice que la lluvia no limpia.
No hay ambigüedad.
No hay resto.
No hay incomodidad.
El poema termina en acuerdo consigo mismo, que es una forma elegante de la autocomplacencia.
