(A una muchacha del Tik Tok)
Era bella de una manera oblicua, como si su hermosura hubiese sido colocada por un demiurgo caprichoso. Hermosa como una onda rumorosa de luz, delicada como sol de paja entre los encinares. No había simetría perfecta, sino un ligero desajuste que volvía inolvidable cada uno de sus gestos, esa ligerísima imperfección que excita, que atrae eróticamente. Su andar parecía una frase escrita con puntuación algo azarosa: pausas inesperadas, énfasis súbitos, un ritmo que no se dejaba anticipar. Un deambular de mar donde se bañan leopardos. La belleza de aquella muchacha no residía solo en su forma, sino en su movimiento, en sus bailes tras la pantalla, en la forma en que el tiempo (o el universo) parecen acomodarse a su paso.
Su hermosura no buscaba únicamente impactar, sino imponerse silenciosamente, como una evidencia incómoda. Se la miraba con una mezcla de admiración y cansancio, como se mira una verdad demasiado profunda. Quien se detiene a mirarla siente que algo en su interior comienza a desplazarse a las alturas.
Una estrella mojada sobre la hierba piadosa.
Senos con volumen de mediana tortuga.
Columnas con frisos donde golpean violines dorados.
