Cyril 98

La biblioteca no es un lujo intelectual; es una forma de felicidad modesta y constante. Allí el tiempo no hiere. Allí uno está a salvo de la brutalidad del presente (parafraseo a Borges)

Montaigne: «Me he retirado a la parte más tranquila de mi casa, donde he reunido mis libros. Allí paso la mayor parte de mi vida y la mejor. Es mi refugio, mi verdadera morada. En ese lugar huyo de las tormentas del mundo, de las obligaciones, de la agitación. No busco allí erudición, sino descanso. No me defiendo del mundo con muros, sino con páginas».

Basta con sentarse y leer. En ese gesto mínimo se suspende la presión social, la urgencia de producir y consumir. Un refugio contra la arrogancia y la prisa. En ella aprendemos a convivir con lo inacabado, con lo pendiente, con lo que no leeremos nunca. Una buena biblioteca protege del dogmatismo y del ruido: es un espacio de modestia (parafraseo a Woolf)

En la biblioteca el individuo deja de ser un caso, un perfil, una biografía resumida. Se convierte simplemente en lector, que es una de las formas más humildes y más dignas de estar en el mundo. El lector no compite, no se exhibe, no acelera. Se sienta, abre un libro, y durante un rato desaparece sin alarmar a nadie. La biblioteca tolera esa desaparición parcial, ese retirarse del yo cotidiano.

Su silencio no es vacío, sino densidad: está lleno de pensamientos ajenos, de vidas ya concluidas, de voces que no gritan. En ese silencio el lector aprende algo esencial: que no todo debe ser dicho inmediatamente, que no todo pensamiento necesita público, que la interioridad también es un derecho.

Libros, sentido y pasión de mi vida: mi manera de estar a salvo sin huir.

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