Cyril 116

Las cuatro y media de la mañana. Me empiezo a desregular. A habitar una habitación húmeda, una inutilidad viscosa; miedo, soledad, angustia, desesperación. Una desesperación como ruptura entre la razón y la energía vital, un miedo meticuloso: caminar de puntillas por un suelo repleto de trozos de vidrio, una soledad como un espejo empañado donde no me reconozco, una angustia igual a respirar a través de una pulmonía.

Se sigue pensando con lucidez, pero esa lucidez ya no sirve para nada. Es el momento en que comprender se vuelve una forma de tortura. Fuera hace mucho frío. Toso. Siento el calor de mi perra pegada a mi cuerpo como un milagro de transustanciación. Uno sobrevive demasiado conscientemente. Te miras como a un extraño y no logras establecer intimidad con lo que ves. Desajuste. Todo baja medio tono. Te da vértigo respirar. La gravedad no te sostiene.

No se puede continuar. Se continúa. Cruje la madera y suena la caldera. No poder continuar y continuar. Esa es la fórmula exacta. No por esperanza, no por voluntad, sino porque detenerse exigiría una energía que ya no se tiene.

Deja un comentario