Cyril 122

Las palabras no viven solo en los diccionarios: viven sobre todo en la mente. Y allí se cargan de asociaciones, de sonidos, de recuerdos, de ecos, de resonancias, flujos y reflujos. La belleza del lenguaje no es su corrección, sino su capacidad para captar ese flujo interior sin fijarlo del todo. Escribir bien es escuchar atentamente esa corriente eléctrica, o dimensión musical. La belleza del lenguaje consiste en resistir la banalidad, en negarse a decir las cosas del modo más pobre. Como seguir la rítmica del mar.

La belleza comienza donde termina la complacencia.

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