Me gusta rodearme de libros incluso cuando no los leo. Su sola presencia me tranquiliza. Están ahí como animales domésticos silenciosos y cariñosos. No exigen nada, no reclaman atención inmediata, pero su proximidad modifica el ánimo. Una habitación sin libros me parece incompleta, desolada, como si faltara algo esencial para que la mente pueda respirar. Los toco, los hojeo, los dejo abiertos, los cierro. Su contacto me reconcilia con el mundo.
Umberto Eco: «Una biblioteca privada no es una colección de lecturas hechas, sino de lecturas posibles. Los libros no leídos son más importantes que los leídos: representan el límite de nuestro saber. El bibliófilo vive rodeado de su ignorancia futura, y eso es saludable».
Y Alberto Manguel: «Una biblioteca es un autorretrato involuntario. En los libros que acumulamos está inscrita nuestra curiosidad, nuestra ansiedad, nuestras obsesiones. No es un archivo muerto, sino un organismo. Los libros envejecen con nosotros, cambian de lugar, adquieren marcas. Leerlos es también releer nuestra propia vida».
