Muy a menudo, en la aldea, de noche o madrugada, oigo ladrar a los perros. Ese ladrido lejano, repetido, monótono, no anuncia peligro concreto alguno: anuncia que el mundo sigue ahí, vigilante, oscuro, inexplicable. El perro vela cuando el hombre duerme, y en su ladrido hay algo de emoción primitiva. No se sabe a quién le ladran. Tal vez a los muertos que caminan de regreso, tal vez a la soledad que anda suelta. Ese ladrido no despierta: acompaña. Es como si alguien estuviera diciendo desde lejos que uno no está del todo solo. Ladran contra la estupidez del silencio, contra la farsa del descanso humano. Ese ladrido interminable es la verdadera conciencia del lugar, más honesta que cualquier palabra.
Es el ladrido de las sombras que nunca duermen del todo.
