Cyril 140

La historia no es una colección de hechos muertos, sino un registro de las ilusiones humanas. El historiador que cree limitarse a “contar lo que ocurrió” se engaña a sí mismo: lo que realmente hace es seleccionar, enfatizar, omitir, y dar forma. La historia es una crítica del pasado escrita desde el presente, y su valor no reside en la exactitud minuciosa, sino en la lucidez con que revela la estupidez, la vanidad y la credulidad recurrentes de la especie humana. Allí donde la historia se vuelve edificante, deja de ser verdadera, dijo, aproximadamente, Mencken.

Y Mommsen, en la Introducción a su «Historia de Roma, dejó escrito que la historia no es una crónica imparcial de acontecimientos, sino un acto de comprensión. Comprender significa reconstruir fuerzas, pasiones, intereses y decisiones bajo condiciones irrepetibles. El historiador no es un notario del pasado, sino un intérprete que debe poseer, además de erudición, una imaginación disciplinada. Sin esta imaginación, los documentos permanecen mudos; con ella, el pasado vuelve a hablar, no como copia, sino como sentido.

Sin olvidar a Michelet, «Introduction à l´histoire universelle»: «La historia es la resurrección integral del pasado. No basta con enumerar fechas ni describir instituciones: hay que devolver la vida a los hombres que ya no hablan. La historia es una conversación entre los muertos y los vivos, y el historiador debe prestarles su voz, su sangre y su aliento. Allí donde no hay pasión, no hay historia; solo hay archivo.»

Burckhardt atinadamente señaló que la historia existe para ensanchar la conciencia. El verdadero conocimiento histórico no produce consuelo, sino sobriedad: nos enseña los límites, las repeticiones, las tragedias persistentes de la condición humana. Quien busca en la historia optimismo, no busca historia, sino propaganda.

Concluyamos con Gibbon: «La historia es poco más que el registro de los crímenes, las locuras y las desgracias de la humanidad; pero es también el único medio por el cual el espíritu humano puede aprender modestia. Al contemplar la caída de los imperios, el historiador no celebra el progreso, sino que observa la fragilidad de toda grandeza y la constancia de la corrupción».

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