El aguacero tremendo, el silencio, la muerte, la honda madrugada, la casa vieja que se cae a cachos, la gotera. La gotera no es un símbolo literario buscado, sino un símbolo impuesto. Por eso duele. Nada de metáfora elegante, brillante, sino alegoría brutal y carnal. Todo lo que dura se degrada, y yo soy testigo de mi corrupción. Después de dos infartos el agua que cae gota a gota, rítmicamente, recoge mi miedo.
Mi vida fue muy dura. No temo su fin porque ame la vida. La temo porque batallé demasiado por ella. El miedo no nace del placer acumulado, sino del esfuerzo invertido. Vértigo ciego: ¿Después de todo este trabajo, de esta vigilancia, de esta lucidez, todo se acaba así?
No temo estar muerto; temo el proceso, la lenta toma de conciencia de que el cuerpo ya no responde a la voluntad. La muerte no es un hecho, es una pedagogía cruel. Nos enseña demasiado tarde lo que ya no sirve para nada. Algo consuela saber que moriré muy joven.
Es insoportable comprender la muerte (extinción, aniquilación, cesación absoluta) estando vivo. Cualquier muerte es un escándolo. Recuérdenme algo.
