Cyril 144

He vivido más en mi cabeza que en el mundo. He sido injusto e hice sufrir a gentes que me querían y yo quería. No supe disfrutar. La vida me fue hostil. Pero fui yo quien no supo entrar del todo en ella. He tenido una vida difícil, pero no puedo decir que haya sido siempre infeliz. He vivido más en lo invisible, en lo verbal, que en lo visible, y quizá por eso el mundo me ha parecido siempre algo lejano, como una casa donde se entra solo para cumplir una formalidad. No me quejo de la vida; me quejo de no haber sabido estar en ella con suficiente espontaneidad.

He sacrificado muchas cosas reales a una exigencia abstracta, a una actividad acaso solo decorativa: la literatura. Comprendo tarde que la conciencia excesiva no es una forma superior de vida, sino a menudo una coartada para no vivir. No me quejo del mundo: me reprocho haberlo convertido en objeto de estudio en lugar de experiencia.

¿Qué queda de verdad? Miedo, cansancio, algún gesto noble, el recuerdo de mamá, muchas torpezas, el amor de mi familia. Ensayo, tanteo, pose…en el fondo todo fue un gran cansancio.

No reduje la vida a su escala justa.

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