Mamá vivió para mí (pese a los grandes problemas que le causé) Vivió por mí con una mezcla de estoicismo y fidelidad asombrosa. No se quejaba, no se impacientaba, y nunca desfalleció. Su sacrificio tuvo la forma de la dulzura, la forma de una presencia mágica obstinada, inevitable, cariñosa.
El verdadero sacrificio no es el que se ofrece, sino el que se soporta sin ser reconocido. Hay vidas enteras consumidas en sostener otras vidas, sin gloria, sin promesa de restitución. Ella sostuvo la mía, se implicó como una leona en mi recuperación pese a los momentos de gran dureza y mal pronóstico.
Me visitaba siempre en el manicomio. Íbamos a granjas a merendar durante mi recuperación. A veces leíamos y comentábamos los mismos libros si estaba estable. Admiraba mi pulsión de escritor y se enorgullecía de ella. Conversamos indefinidamente. Fue muy dolorosa su decadencia.
Su amor era absoluto y ciego: no pedía nada, no reclamaba justicia. Cada día cedía algo: tiempo, atención, energía. No lo llamaba sacrificio; lo llamaba normalidad. No se inmoló, simplemente me amaba.
Nada de lo que haga compensará esos desvelos. Mi culpa no se salda. La culpa de no haber sido el mejor de los hijos me corroe.
Todos mis libros se cobijan bajo la égida de sus dulces manos.
