Cyril 150

Mi padre era un hombre brillante, de orígenes militares, razonable, justo, seguro de sus convicciones, riguroso, severo y poco empático.

Precisamente por eso me intimidaba: representaba un mundo donde las cosas tenían una forma clara, mientras que yo vivía en la incertidumbre y la mórbida sensibilidad. Su afecto era real, pero se expresaba con una discreción y modestia que lo volvía casi inapreciable.

Tenía muchas expectativas puestas en mí y mi locura lo hirió casi de por vida. Su nobleza acaso no asimiló el capricho azaroso y cruel de la enfermedad. Fue siempre un burgués superior. Un hombre de simpatía arrolladora e ingenio agudo. En su juventud, un «bon vivant».

Hablaba bastante, y a veces sentenciaba. Ni cruel ni tierno. Acaso con una energía que algunos pudieran confundir con la agresividad. Sarcástico. Serio en las cosas esenciales. Representaba el orden y la normalidad, por eso, en mi adolescencia, con mal asimilados pufos de poeta, sentí cierta repulsión hacia él.

Lo que más me duele es que, a diferencia de mi madre, a partir de mi esquizofrenia me considerara, implícitamente, algo acaso similar, y exagero adrede la expresión, «material defectuoso».

Me duele no haber cumplido con las altas expectativas que tenía sobre mí.

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