Sánchez no cree en nada. Y precisamente por eso sobrevive a todos los que creen. No ama ni odia, no se entusiasma ni se indigna; observa. Mientras los demás viven poseídos por una idea, él vive poseído por una estrategia. No sirve a España: se sirve de todos y se sirve a sí mismo. Su fidelidad es una sola: a su propia continuidad. Y en una época en la que la política se hace con la cabeza caliente y la sangre rápida, Sánchez gobierna con frialdad, con paciencia, con la espera.
Es el funcionario supremo de la intriga, el representante exacto de la traición, el hombre que convierte el crimen simbólico en expediente y la corrupción en método. Su grandeza —si puede llamarse así— consiste en haber comprendido antes que nadie que el poder no necesita fe, solo una desmedida ambición.
Lord Palmerston, en carta a Sir George Grey: «Los dictadores modernos no gobiernan solo por la espada, sino por la opinión cuidadosamente dirigida. Comprenden que es más seguro domesticar que reprimir, persuadir que castigar, y presentarse como intérpretes del interés nacional. Pero esta habilidad no hace su poder menos peligroso, sino más duradero y, por ello, más difícil de desmontar cuando degenera».
