Iorolus Ionqerum, soldado romano de existencia probada, y fama indiscutible, pasó a la posteridad no por la amplitud de su «virtus», sino por la estrechez legendaria de su «instrumentum». Así lo consigna Lucilio, con su habitual crueldad métrica, en el libro XXVI de las «Saturae», donde escribe:
Ionqerum Iorolus, cui Mars dedit arma,
sed Natura nihil: pugnat ut umbra viri.
Lucilius, «Saturae», XXVI, vv. 143-144.
En Roma fue el hazmerreír del campamento, no solo por el tamaño microscópico de su pene —tema recurrente en los epigramas de taberna— sino por su heroica capacidad para desaparecer justo antes del combate. Cuando sonaban las trompetas, Iorolus ya estaba defendiendo la retaguardia.
En el siglo XXI, Iorolus no sería olvidado. Muy al contrario; sería viral.
Como vio con lucidez Umberto Eco, la fama contemporánea no se funda en la excelencia, sino en la viralidad, en estar en boca de todos. No importa qué seas, sino cuánto se te nombra. La gloria antigua exigía una hazaña; la moderna exige ridículo.
