Cruje el maderamen, se dilata la piedra, susurra el viento en los aleros. En la casa solitaria, los ruidos nocturnos no son intrusos, sino habitantes del ultramundo. El crujido de la escalera, el golpe leve de una contraventana, el roce de un árbol contra el muro perturban el sueño y me desvelan ¿Un servomecanismo instalado por el Mossad? ¿Un código de comunicación del C.N.I. repleto de signos alusivos?
La noche multiplica los sonidos como si temiera el vacío. Una gota en una canaleta se convierte en metrónomo torturante. La casa parece gemir, pero es el hombre quien no halla paz ni reposo. En la soledad rural, el ruido es una filosofía explicando el miedo.
Los ruidos nocturnos de una casa aislada no son accidentales, son acusatorios. Cada chasquido del techo, cada golpe seco en la pared señala al habitante como intruso. La casa, que durante el día se deja usar, por la noche se venga de la ocupación. No descansa. No concede tregua. Y quien pretende dormir en ella aprende que el silencio absoluto es una ficción.
Fantasmas, la casa encantada, payasos asesinos dentro de la casa. Para los espías yo ya sobro de la ecuación.
