Cuando un individuo posee un atributo que lo desacredita profundamente, ese atributo se convierte en un estigma; el portador del estigma pasa de persona completa y ordinaria a una manchada y disminuida. En el caso de la enfermedad mental, el estigma no se limita al síntoma: invade la biografía entera. Todo lo que el sujeto ha sido queda reinterpretado bajo la luz de su diagnóstico.
El estigma es metáfora del fracaso moral, y nuestro sufrimiento es una sospecha en los juicios de los desestigmatizados, del rebaño «normal». Te excluyen, te separan, te recluyen, te silencian, en el plano real o en el plano simbólico; a ello les impulsa una forma denigrada de odio. Tu status social y tu identidad deben desaparecer. Tu experiencia no es un hecho a comprender, sino una mancha a eliminar.
Nuestra mente despierta antipatía e impaciencia. Somos incómodos, intranquilizamos como una rata en el jardín. Somos una etiqueta o cosa con tres o cuatro frases tópicas inscritas. El del temblequeo de manos, la baba, los ojos vidriosos, el andar arrastrado. Difícilmente eres humano. O callas y disimulas, o no te aceptan. Careces de crédito, autoridad o relato.
Y acabas autoacusándote, creyendo la imagen del espejo deformado con que los hombres te ven.
