El cine ofrece a las multitudes una ilusión de vida interior sin exigirles esfuerzo alguno. Proporciona emociones prefabricadas, visiones prefabricadas, sueños prefabricados: una fábrica de experiencias para quienes han dejado de producir las propias.
Las películas ya no necesitan presentarse como arte. La confesión de que son ante todo negocios funciona como coartada ideológica para legitimar lo que producen deliberadamente. La lógica del mercado ha sustituido a la lógica de la excelencia.
La sociedad de masas no desea cultura: desea entretenimiento; y cuando se le ofrece cultura, la transforma en entretenimiento. El ideal ya no es la elevación, sino la distracción. Vivimos en una época en la que la cultura aspira a convertirse en espectáculo y el espectáculo aspira a sustituir a la cultura.
La cinefilia —ese amor por el cine como arte— pertenece cada vez más al pasado. Hoy el cine es, ante todo, una industria global del ocio. En términos generales, ha regresado a su condición originaria: espectáculo de feria, brillante en su superficie, pero pobre en exigencia interior.
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Desconfío de todos los intermediarios del discurso público. Vivimos rodeados de profesionales de la mediación: filósofos que median entre el hombre y la verdad, periodistas que median entre el hecho y el ciudadano, políticos que median entre el poder y la sociedad, e influencers que median entre la vida y su representación. Cada uno promete claridad; todos producen ruido.
Desconfío de los filósofos. Demasiado a menudo parecen hombres que saben explicarlo todo y no pueden ganarse la vida con ello; especialistas en el arte de perder el tiempo con palabras generales. Para el científico, la filosofía suele ser tan útil como la ornitología para los pájaros. Su tentación permanente es creer que las ideas son más importantes que los hechos y que una jerga suficientemente compleja puede sustituir a la realidad. El mayor obstáculo para descubrir la verdad no es la ignorancia, sino la ilusión de conocimiento.
Tampoco me seduce el periodismo. El periódico es una tienda donde se venden palabras al por menor: hoy ataca lo que ayer defendía y mañana ridiculizará lo que hoy glorifica. La prensa convierte la opinión en mercancía y la inquietud en negocio. Su función no es tanto informar como mantener a la población en un estado de alarma permanente, persuadiéndola de que el mundo es un lugar más caótico de lo que ya es por naturaleza.
La política no mejora el panorama. En política la estupidez rara vez es un obstáculo y el poder posee una extraordinaria capacidad para perpetuarse incluso cuando pierde la capacidad de justificarse. Los gobiernos manejan el dinero público con la misma prudencia con la que un adolescente maneja whisky y las llaves del coche. Toda organización tiende, con el tiempo, a degradarse hacia la mediocridad que la sostiene.
Y finalmente están los influencers, síntoma perfecto de la época. La vida ya no necesita ser vivida: basta con ser exhibida. La experiencia se ha convertido en contenido y la opinión en producto. La autoridad ya no se gana por conocimiento o experiencia, sino por visibilidad. El individuo contemporáneo no aspira a comprender el mundo, sino a ser visto dentro de él.
El resultado es una cultura saturada de discurso y hambrienta de verdad, inundada de opinión y escasa de conocimiento, obsesionada con la visibilidad y cada vez más incapaz de mirar. La paradoja de nuestro tiempo es que nunca hubo tantos mediadores y nunca fue tan difícil acceder a lo inmediato.
