Ataque de pánico. Siento el mareo suave del calmante, la fragilidad tras la turbulencia, el miedo absoluto que empieza a deshilacharse, el temblor de las dos de la mañana.
Escribo desde ese intersticio, desde ese borde. Deseo dejar constancia de una especie de testamento.
Toda mi vida he puesto mi más pura alegría en el trabajo intelectual, y mi mayor felicidad en la libertad, tan poco experimentada por mis coterráneos. Pero el fracaso de mis libros fue un mazazo, un golpe de veras sádico, y mi mundo espiritual, autista y sin público, se destruye y se desmorona a sí mismo. Perdono a todos, si eso significa algo inteligible, y pido perdón a todos. Busco el silencio y la soledad del bosque, la última pálida orilla del mar.
Viví lentamente, tal vez en vano. Traspasado por la bilis negra melancólica, expulsado del mundo. Mi vida fue parca de exaltaciones, enamoramientos y alegrías. Recuerdo a papá, cómo me quiso y me defendió. Me marcharé sin resentimiento. Con las cartas boca arriba. Y todavía conservo la curiosidad, mis ojos viven y laten de curiosidad omnímoda. Me duele no poder volver a releer a Álvarez, Horacio, Sexton, Cernuda, Rilke, Proclo. No pasear más por Barcelona ni sentir su luz salobre en mi piel. Y pienso en mamá con desaforada intensidad de sabor a cereza.
La oscuridad es profunda -eso se sabe. Decidle a mi hermana y a mi sobrina que las amé con locura. He vivido encerrado entre tres palabras: arte, dolor y trabajo. La última luna de la noche me pregunta, ¿quién fuiste? ¿por qué? ¿valió la pena?
La niebla sube y se espesa. Entro en ella. La habitación se llena de sombras y el tiempo cae sin ruido. Te veo acercarte, jinete ciego. Gigantes de ojos verdes coronan lejanos días azules.
Adiós. El universo seguirá.
