Charles 37

No deseo que se diga de mí que fui alguien que tenía opiniones; una opinión no vale nada si no está motivada, justificada, apoyada por argumentos y pruebas. En ciencia y en filosofía, en una vida cotidiana seria y racional, lo que cuenta no es lo que uno cree, sino lo que puede demostrar o razonar persuasivamente.

El mundo está lleno de opiniones, pero está muy escaso de argumentos. La opinión es barata: basta solo con tener una boca y moverla. El pensamiento en cambio es caro: exige razones y una mente lenta, en activo.

La opinión es el refugio de quienes no tienen pensamiento. Las ideas de cuño moderno no son ideas: son meras opiniones de baratija rebuznadas y, a poder ser, gritadas. El hombre contemporáneo cree pensar cuando simplemente se limita a opinar toscamente. Las opiniones dominantes no necesitan ser verdaderas; fíjense: basta con que nadie piense ¿Lo advierten, verdad? Se habla incesantemente para no pensar. Si bien se mira, el exceso de opinión es el síntoma de una civilización fatigada, donde el barullo y la estridencia sustituye a la inferencia y a la delicadeza de gusto, idea y razón.

Observo que mucha gente cree que tiene derecho a imponer y a dar algo así como vigor o rango de ley a sus chuscos tópicos tabernarios. Parece que hoy a cualquiera no se le ocurre que para tener una opinión sobre algo es preciso haber pensado antes en ello. Opinar sin haber pensado es la forma más frecuente de la estupidez y la bobería pública.

Nos asaltan por doquier charlatanes, gentuza con ideas de rebaño, gente con cerebros atiborrados de clichés y una acusada banalidad en su discurso. La incapacidad para pensar no es estupidez. Se encuentra en personas muy inteligentes. Pero donde el pensamiento se ausenta, los clichés y las frases hechas ocupan su lugar. Las frases hechas construyen el pensamiento por nosotros. Se deslizan en la mente sin resistencia y nos permiten hablar sin pensar. Karl Kraus: “Cuando el sol de la cultura está bajo, incluso los enanos proyectan grandes sombras”.

La opinión pública (una forma de sentimientos disfrazados) es, a menudo, la opinión privada de los imbéciles.

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No se puede hablar prácticamente con nadie. Se burlan de ti si usas subordinadas, si elevas un palmo la conversación, si, en lugar de hablar de la «liason» entre Esther Expósito y el tocapelotas de Mbappé, hablas de ciencia, humanidades, libros, arte o literatura.

Schopenhauer, en «Parerga y paralipómena» describe con gran claridad ese rechazo social u hostilidad a la inteligencia:

“La superioridad intelectual ofende. Es un hecho casi universal que la gente se siente incómoda en presencia de quien piensa más que ella. Por eso la mediocridad se consuela desacreditando la inteligencia. No pudiendo alcanzar la altura del espíritu, intenta rebajarla. De ahí la tendencia tan extendida a tratar con desprecio el saber, la reflexión y el estudio. El vulgo siente una especie de resentimiento instintivo contra todo lo que le recuerda su propia limitación”.

Proclamar e imponer el derecho a la vulgaridad es la nueva característica de esta Edad Media Tecnológica o Era de Piedra Anti-Ilustrada. La hostilidad hacia la excelencia, hacia el que destaca y no se rebaja, hacia el que evita manoseadas opiniones elementales y lugares comunes, es palpable. Se transformó en alguien ofensivo un individuo culto e inteligente.

Alexis de Tocqueville: “En las sociedades democráticas la mayoría ejerce una presión formidable sobre el pensamiento. No obliga mediante la violencia, sino mediante la opinión. Quien piensa de manera diferente se encuentra aislado. No se le prohíbe hablar, pero se le condena a una especie de exilio moral. El que no participa de las opiniones comunes es mirado con desconfianza y tratado como un extraño”.

Quien intenta argumentar, matizar, razonar con cuidado, suele encontrarse en una posición extraña en nuestro tiempo. Mientras la conversación pública se llena de opiniones instantáneas y consignas, el que intenta pensar parece un intruso. La inteligencia introduce complejidad, y la complejidad incomoda. Por eso las sociedades dominadas por el cliché reaccionan con irritación frente al pensamiento. El pensamiento exige esfuerzo; el cliché ofrece tranquilidad.

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