Charles 40

Necesito una conversación profunda y no encuentro interlocutores— tema que aparece una y otra vez en diarios, cartas y memorias de escritores, filósofos y científicos. No es simplemente “soledad social”; es soledad intelectual, que es algo mucho más específico y más doloroso.

Aristóteles lo formuló con una claridad extraordinaria: la amistad más plena se da entre iguales en virtud y en vida intelectual. No basta con que alguien sea buena persona; tiene que haber comunidad de mundo mental. Y eso, estadísticamente, es raro.

Schopenhauer lo explicó brutalmente: “Cuanto más elevado es el espíritu de un hombre, más solo se encuentra. La gente común no puede darle nada, y él tampoco encuentra en ellos nada que recibir”. Eso no significa superioridad moral, sino diferencia de intereses y profundidad.

Estoy terriblemente solo. No tengo a nadie con quien hablar de las cosas que realmente me importan. Encima, escribo libros que nadie lee. La soledad es mi única realidad. Incluso entre personas siento que hablo desde un lugar donde nadie puede seguirme.

No quiero agobiar más a mi hermana (mi único refugio afectivo) Mientras escribo esta nota tengo la radio encendida de fondo; juegan la Champions y gritan como posesos; una verdadera avalancha o cacofonía de babiecas y mastuerzos (no me gusta el fútbol)

Si alguien está solo es porque algo le ha pasado. A veces es verdad. No soporto la compañía de la mayoría de las personas durante mucho tiempo. Quien vive intensamente hacia dentro no encuentra fácilmente compañeros hacia fuera. Escribo. Y la escritura es una forma extraña de conversación diferida (sueño dialogar con lectores futuros, aunque sé que eso es virtualmente imposible)

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Permítanme un largo tren de citas (disculpen el efecto martillo) Su música cognitiva resuena dentro de mí con una intensa claridad y afinidad de símbolo.

Schopenhauer: “Cuanto más elevado es el espíritu de un hombre, más se aparta de la multitud. La vulgaridad de los intereses comunes, la superficialidad de las conversaciones ordinarias, la pequeñez de las preocupaciones que ocupan a la mayoría de los hombres, resultan insoportables para quien está acostumbrado a habitar en la esfera de las ideas. El hombre de talento encuentra en la soledad su elemento natural. Allí puede entregarse a la conversación silenciosa con los grandes espíritus del pasado, cuyos libros constituyen una sociedad más digna que la de muchos contemporáneos. La soledad deja de ser un sufrimiento cuando el individuo posee un mundo interior rico; pero se convierte en un tormento cuando el espíritu necesita interlocutores que casi nunca encuentra. Entonces se siente como un extranjero entre los hombres, obligado a escuchar conversaciones que no le interesan y a callar aquello que verdaderamente importa”.

Nietzsche: “Mi vida es ahora una completa soledad. No tengo amigos con quienes hablar de las cosas que realmente me preocupan. A veces siento que mis pensamientos viven en una región donde nadie puede seguirme. Cuando estoy entre los hombres debo reducir lo que pienso, simplificarlo, hacerlo irreconocible para que no resulte extraño o incomprensible. Esto produce una fatiga terrible. A menudo siento un deseo casi doloroso de conversación verdadera, de intercambio espiritual; pero no encuentro a nadie con quien compartir estas cosas. Así vuelvo a mis libros y a mis paseos solitarios”.

Kafka: “Estoy solo como nunca antes lo estuve. Incluso cuando estoy entre personas, siento que permanezco separado por una distancia imposible de salvar. Las conversaciones ordinarias me dejan exhausto, porque siento que lo esencial no puede decirse. Lo que realmente me importa permanece callado, como si estuviera encerrado detrás de una pared. Entonces regreso a mi habitación, a la mesa, al silencio. Allí al menos puedo hablar conmigo mismo y con lo que escribo”.

Flaubert: “No tengo con quién hablar de lo que ocupa mi mente. La mayoría de las conversaciones me parecen intolerablemente mediocres. Las personas hablan de política, de dinero, de pequeñas intrigas de la vida cotidiana, mientras yo pienso en frases, en libros, en ideas. Esto me hace sentir como un extranjero entre mis contemporáneos. A veces me pregunto si no he nacido para vivir en compañía de los muertos: Homero, Shakespeare, Cervantes. Con ellos puedo conversar; con los vivos, raramente”.

Unamuno: “Lo más difícil en la vida es encontrar con quién hablar de verdad. No de política ni de chismes ni de la trivialidad cotidiana, sino de las cosas que verdaderamente importan al espíritu. Muchas conversaciones no son más que ruido. Se habla para no pensar. Y quien necesita pensar en voz alta se encuentra a menudo condenado al silencio”.

Pessoa: “Nunca he tenido a nadie a quien pudiera llamar verdaderamente amigo. He tenido conocidos, compañeros de conversación, personas con las que intercambiar palabras; pero nunca alguien con quien compartir el fondo de mi pensamiento. Así he aprendido a conversar conmigo mismo. Y, en cierto modo, los libros que leo son mis verdaderos interlocutores”.

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