Me he pasado la vida leyendo y estudiando y prácticamente no sé nada. La inmensidad de lo desconocido, el océno de mi ignorancia, conforme más estudiaba, más visible y nítido se volvía. No sé nada con certeza. El que sabe mucho no es el que ha recogido muchas verdades, sino el que ha comprendido la infinita extensión de su ignorancia. Cuanto más me adentro en el conocimiento, más descubro mi propia incapacidad y mis inmensas limitaciones. Y a medida que subo -modestamente- a la cumbre del saber humano, encuentro allí una niebla espesa que me dice que todo lo que he aprendido es poco y frágil, o prácticamente nada. Siento que sé muy poco. Un eterno estudiante prácticamente necio del todo, o sin el «prácticamente».
Pese a mi astronómica ignorancia, viví intelectualmente con intensidad, pero emocionalmente con pobreza. La vida pasó a mi lado como un río que se mira desde la orilla. Tal vez comprendí algunas cosas, pero no viví casi ninguna. La cabeza, llena, la vida, bien yerma.
Tengo la sensación de que mi horizonte se ha cerrado. He vivido a la espera de una vida que no comenzó todavía, y ahora veo que tal vez ya pasó. Tengo la indudable impresión de que mi destino ya se decidió y que mi vida no es más que el lento recorrido por una pobre línea trazada. A mi alrededor está la ciencia, la filosofía, el arte, la literatura, mis libros, todas las cosas que creí amar; pero ninguna de ellas responde a la pregunta más simple: ¿Para qué vivir?
Una vida de pensamiento, no así de experiencia. Y no logré ser nada de todo aquello que soñé. Ni fama, ni riqueza, ni familia, ni gloria literaria. El mundo no me escuchó. Ni me leyeron en mi tiempo ni me leerán en un futuro.
Hola, Gregor Samsa. Soy yo.
