Charles 43

La ópera o el ballet son formas de arte que implican una música compleja, elaboración estética, exquisita tradición cultural, interpretación artística y emoción intelectualizada. En cambio, espectáculos como el fútbol o los toros apelan sobre todo a la emoción inmediata, a la adrenalina colectiva y a la identificación tribal. No significa que sean ilegítimos. Pero pertenecen a niveles distintos de experiencia cultural.

En una sociedad libre cada cual puede elegir sus placeres. Pero no todos los placeres son equivalentes desde el punto de vista cultural. Como explicó John Stuart Mill, hay placeres que ejercitan las facultades superiores del ser humano —la imaginación, la sensibilidad estética, la inteligencia— y otros que apelan sobre todo a la emoción primaria.

La ópera o el ballet pertenecen claramente al primer tipo. Son formas artísticas que concentran siglos de tradición musical, coreográfica y teatral. Exigen atención, sensibilidad y una cierta educación estética.

El fútbol o los toros, en cambio, producen sobre todo excitación colectiva, emoción visceral y rivalidad. No hay nada necesariamente ilegítimo en ello; pero sería extraño afirmar que ambas experiencias ocupan el mismo nivel cultural.

Mill decía que quien ha conocido ambos tipos de placer tiende a preferir los más altos, aunque sean más exigentes. En ese sentido, la cultura no consiste en prohibir los placeres populares, sino en ensanchar la capacidad humana para disfrutar placeres más ricos y complejos.

No desearía parecer arrogante, pero recordemos a Ortega: “La característica del hombre-masa es la complacencia en lo fácil. No aspira a superarse ni a elevarse; exige que todo se simplifique para acomodarse a su comodidad. La civilización, en cambio, es siempre el resultado de una minoría que se impone tareas difíciles”.

La música clásica o la ópera no buscan simplemente excitar; buscan transformar la emoción en comprensión. La alta cultura exige atención, disciplina y memoria. Es una invitación a la dificultad. Lo que hoy domina en muchas sociedades es la sustitución de la dificultad por el entretenimiento.

La cultura de masas no pretende elevar al individuo; pretende halagarlo. El entretenimiento de masas halaga nuestros impulsos más fáciles; el arte verdadero nos obliga a superarlos.

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