Charles 44

Dos grandes sociólogos del siglo XX, Vilfredo Pareto y C. Wright Mills, explicaron que todas las sociedades están dirigidas por minorías. Siempre existen élites políticas, económicas y culturales. Pero eso no significa que esas minorías sean siempre las mejores. Pareto observó que las élites tienden a degradarse con el tiempo; se vuelven rutinarias, complacientes, incluso mediocres. Y Mills mostró que muchas élites modernas no llegan al poder por excelencia intelectual, sino por redes sociales, ambición y habilidad organizativa. Por eso no debería sorprendernos que la vida pública esté a menudo dominada por figuras bastante modestas desde el punto de vista cultural.

La democracia no elimina las élites; simplemente cambia el modo en que se seleccionan. Y ese proceso no siempre premia la inteligencia o la profundidad cultural.

Sobre esta mediocridad de las élites nunca viene mal recordar a Nicolás Gómez Dávila, que con su ironía habitual escribió: “La democracia sustituye el gobierno de unos pocos corruptos por el gobierno de muchos incompetentes.” Y en otra de sus sentencias más agudas añadió: “El problema no es que el hombre mediocre exista, sino que quiera dirigir.”

Las sociedades modernas no eliminan esas minorías dirigentes; simplemente las rebajan. El problema de las sociedades modernas no es la falta de élites, sino la escasez de minorías de poder verdaderamente excelentes.

Porque una sociedad puede sobrevivir con instituciones imperfectas, pero difícilmente prospera cuando la mediocridad se convierte en principio de gobierno y la excelencia en sospecha.

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