Sudoración, hormigueo en la mandíbula, dolor apretado en el pecho, taquicardia abrupta, intenso mareo, sensación apocalíptica de catástrofe; todo encaja perfectamente con un ataque de pánico que ocurre simultáneamente a mientras escribo estas líneas.
La angustia sube desde el pecho como una marea invisible. No es estrictamente solo un dolor, sino una invasión del cuerpo por algo desconocido que lo llena todo de alarma. Voy a morir. Nada es real. Todo velado y fantasmal, una propensión al desvanecimiento de ideas y cosas. Un temblor interior, una inquietud que no tiene objeto. Todo parece posible y al mismo tiempo imposible. El corazón golpea como si quisiera salir del pecho. Voy a morir. El pánico llega como un relámpago interior, una súbita certeza de que algo terrible está a punto de ocurrir, aunque la razón diga que no. Que Dios me ayude. Voy a morir.
