Esta es la única verdad que les voy a decir de mí, y que no sirva de precedente. Soy, por naturaleza, un actor. Mi oficio consiste en fingir una vida mientras vivo otra. Llevo una máscara dentro de otra máscara, y con el tiempo corro el riesgo de olvidar cuál de ellas cubre el rostro verdadero.
Para mí la simulación no es una desviación moral, sino la herramienta principal, mi ser y existir en el mundo. Vivo de engañar, de fingir, de representar papeles. Soy un profesional del disfraz, un intérprete en un teatro donde nadie debe saber que hay teatro.
Vivo una doble vida, y, en el fondo, ninguna de las dos es del todo verdadera. Debo aprender a mentir con naturalidad, a inventar recuerdos, enfermedades, experiencias, a adoptar afectos que no siento y narrar anécdotas o tramos biográficos que no existieron. Tu mayor talento consiste en parecer exactamente, hacer absolutamente plausible, lo que no eres.
Hace décadas que represento mi papel con obstinación. Casi nadie conoce el motivo secreto de mis gestos y escritos. Imposto sin vacilar y les tengo engañados de un modo absolutamente convincente.
Mi vida solo fue persuadir a los demás de que soy (esquizofrénico, escritor, poeta, solitario) exactamente lo que no soy.
