Charles 52

Denunciemos una ilusión con fuerza, a saber, el hecho de que intelectuales, científicos u hombres de letras ocupamos un plano superior de humanidad. En mis libros, conscientemente y con afán de provocar, jugué a esa especie de elitismo intelectual despreciador, pero nunca lo creí y siempre supe que era solo una añagaza o falacia.

A los lectores obsesivos nos ronda un problema: la tentación aristocrática del espíritu. Uno puede decirse de manera infantil: “He leído mucho, he estudiado, entiendo cosas difíciles; ergo, soy superior”. Pero ello obvia un aspecto crucial de las vidas: el papel del azar. Mi familia era rica, me estimulaba culturalmente, gocé de clases privadas de idiomas, música y dibujo, tuve acceso a una exquisita educación de élite y medios económicos de sobra. El capital cultural casi siempre se hereda o bien lo facilita el entorno. Por ello, los privilegiados, debemos sentir esencialmente gratitud y humildad.

Además la excelencia humana es plural. Se puede centrar en la valentía, o en la bondad, en la competencia artesanal, en la inteligencia práctica, en la sabiduría intuitiva. Si bien se piensa, el clasismo cognitivo hacia todos los que disfrutan del deporte, la televisión, o los entretenimientos de masas, suele apuntar o indicar inseguridad cultural y narcisismo intelectual.

Lo más importante de mi argumentación: no existe una única vida valiosa. Los fines sobre el valor humano son plurales. Un artesano, un campesino, un ingeniero etc. son formas de esplendor, o pueden ser formas de esplendor, absolutamente legítimas.

El ensayista Michel de Montaigne fue uno de los primeros en denunciar la vanidad del erudito.

“La mayor parte del conocimiento que adquirimos no hace sino inflar nuestro orgullo. Creemos que sabemos algo y empezamos a despreciar a quienes no lo saben. Pero el verdadero fruto del estudio debería ser la modestia y el reconocimiento de nuestra ignorancia”.

Blaise Pascal enfatizó el orgullo de la razón. Criticó el orgullo intelectual con una claridad extraordinaria.

“El hombre está lleno de orgullo. El sabio se cree superior al ignorante porque sabe algunas cosas más; pero ignora infinitamente más de lo que sabe. El conocimiento humano es tan limitado que debería inspirarnos humildad y no vanidad”.

El pensador Alexis de Tocqueville advirtió contra el desprecio de las élites culturales hacia el pueblo.

“Hay una forma de orgullo particularmente peligrosa: el orgullo del hombre instruido que desprecia a quienes no han recibido educación. Ese orgullo es injusto, porque la educación depende muchas veces más de las circunstancias que del mérito”.

No cabe duda de que la cultura es valiosa. Pero es miope despreciar los gustos, el lenguaje y las maneras del hombre común (a menos que eso se haga como un subterfugio o mecanismo retórico literario) A veces sentimos que se desprecian nuestra inteligencia y saberes, pero no debemos pagar con la misma moneda esa injusta humillación.

Bajo el pelaje del erudito o del intelectual se emboscan no pocas esterilidades. No inflemos puerilmente nuestro ego. La sabiduría auténtica comienza cuando uno reconoce que la inteligencia no agota la vida. La vida ordinaria es susceptible de darnos grandes (y necesarias) lecciones.

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