Charles 66

Me oprime y me aplasta una soledad de hierro, un océano hirsuto de hielo. Encerrado entre los barrotes de una jaula y respirando cemento; solo pido calor humano. Mi mente repite las mismas ideas, el cuerpo se queda sin energía, la habitación es una cueva con el aire envenenado. Una crecida de sangre y semen primero sube y cubre mi cintura, después mi pecho, hasta llegar a mi boca. Necesito un alma que echarme a la boca, comida humana (conversación, alguien cerca, presencia, amor)

Estoy aislado de todos los hombres, no por voluntad, sino por esquizofrenia interior. La conversación me fatiga debido a mi problemas de atención y concentración, la presencia de otros me inquieta debido a mi propensión paranoide, y sin embargo, la soledad me oprime con un peso casi insoportable. Cuando estoy solo siento que me hundo en una especie de silencio mineral y canceroso, como si el mundo estuviera hecho de plomo. Y cuando estoy con los demás me invade una angustia extraña, como si mi verdadera vida estuviera en la piara donde hace décadas que me pudro. Vivo encerrado en una habitación, rodeado de papelotes estúpidos, sin valor, y esa habitación es al mismo tiempo mi triste e inevitable refugio y mi más atroz condena.

Demasiadas noches en las que la soledad adquiere una densidad basáltica y de hocico de rata. No es ya una simple ausencia de hombres; es un cuchillo afilado que parte en dos el pecho. Humo de tabaco barato. Habitación sin ventanas. Como un animal encerrado en una jaula al que agreden el resto de su manada. Separado de todo por una pared invisible.

Y entonces siento la necesidad de gritar mi soledad para que alguien —cualquiera— pueda oírla.

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