Charles 65

Hay ratas en el fallado. El simple pensamiento de que una rata pudiera tocar mi cara me hace perder el control. Es un miedo absoluto. El terror me paraliza. Las ratas, hambrientas y agresivas, son lo peor del mundo. Desde niño me han producido un horror especial. El C.N.I. sabe de mi musofobia, y, torturándome en una casa de la plaza Lesseps, me hizo comer una rata muerta.

Una pesadilla recurrente: De pronto advierto que el suelo está cubierto de ratas. Miles de ellas se deslizan sobre el pavimento, negras, enormes, repugnantes. Sus ojos brillan con un fulgor rojo a la débil luz. Se acercan cada vez más. Siento el roce de sus cuerpos fríos sobre mis manos y mis pies. Aquella multitud de criaturas voraces parece comprender que yo soy su presa. Su proximidad me produce un horror indescriptible.

Me tomé 15 gotas de Rivotril. Escribo estas líneas drogado y con arcadas. Ratas corriendo por el suelo y por las vigas del techo. Se oye su correteo incesante entre las paredes. A veces se detienen y miran con ojos brillantes desde los agujeros de la madera podrida. Aquellas criaturas parecen dueñas del lugar. El silencio de la noche está lleno de su movimiento y de su inquietante presencia.

De debajo del armario comienzan a salir ratones, primero unos pocos, luego decenas, luego centenares. Sus ojos brillan en la oscuridad como pequeñas chispas malignas. En medio de ellos aparece una criatura horrible: el Rey de los Ratas de Alcantarilla, con múltiples dientes afilados, muy grande, mojada, violenta y con una mirada terrible.

Siento un escalofrío de miedo al ver aquella multitud que avanza hacia mi cuello, mi boca y mis ojos.

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