Charles 84

Joseph Addison (1672–1719) fue uno de los primeros en describir la lectura como una forma de felicidad íntima y civilizada: “Cuando considero mis propios placeres, encuentro que ninguno es tan constante como el que obtengo de la lectura. En cualquier momento del día puedo abrir un libro y encontrar en él una compañía agradable. Un buen libro es como un amigo prudente que nunca nos importuna y siempre nos instruye. La lectura nos proporciona una especie de retiro elegante del mundo. Mientras estamos rodeados de volúmenes escogidos, podemos conversar con los sabios de todas las épocas; podemos escuchar a los filósofos sin viajar, y disfrutar de la compañía de los grandes espíritus de la humanidad sin abandonar nuestra habitación.”

Johnson veía la biblioteca como un refugio contra la vulgaridad del mundo: “El mayor placer que conozco es el de retirarme a mi biblioteca después de los tumultos del día. Allí, entre los autores que han instruido y deleitado a generaciones, encuentro una sociedad mejor que la que el mundo suele ofrecer. Los libros son los amigos más fieles del hombre. No nos contradicen con insolencia ni nos abandonan en la desgracia. Cuando abrimos sus páginas, hablan con la calma de la razón y con la dignidad del tiempo. Un hombre que ama los libros nunca está completamente solo».

Lamb escribió algunos de los textos más delicados sobre la sensualidad de los libros antiguos: “Confieso que siento un placer particular al manejar libros viejos. Hay algo en el color del papel envejecido, en el olor tenue de las páginas, en el carácter de los tipos antiguos, que despierta en mí una emoción que ningún libro nuevo puede producir. Un volumen antiguo parece haber vivido. Ha pasado por muchas manos, ha sido testigo de muchas vidas; y al abrirlo uno tiene la sensación de entrar en una conversación iniciada hace siglos».

Y es que leer es uno de los refinamientos más delicados de la existencia. Como recomendaba Maquiavelo, debemos entrar en nuestra biblioteca ataviados con paños curiales, tal es su majestad. En la intimidad silenciosa de una biblioteca, la mente se mueve con una libertad que el mundo exterior rara vez permite. Los grandes libros poseen una cualidad singular: despiertan en nosotros emociones que no sabíamos que existían. Una biblioteca es un ser mágico de papel y oro.

Leer, pasión omnívora de mi vida. En la biblioteca de mis padres las paredes estaban cubiertas de libros desde el suelo hasta el techo. El polvo dorado del atardecer se posaba sobre los lomos de cuero como si cada volumen guardase una pequeña reserva de sol. Allí aprendí pronto que la felicidad puede consistir simplemente en pasar el dedo por el borde de las páginas y abrir un libro al azar. Porque cuando abrimos un gran libro, entramos en comunicación con un hombre que quizá murió hace siglos, pero cuya conciencia permanece viva. Los sabios, los poetas, los filósofos, resucitan y empiezan a hablarnos.

Leer, pasión de mi vida. Las estanterías, cargadas de volúmenes encuadernados en cuero oscuro, ascendían como muros venerables hasta el techo. Allí se respiraba un perfume particular —mezcla de papel envejecido, polvo fino y madera pulida— que tenía algo de tiempo noble acumulado. Quien posee una biblioteca posee un imperio. No un imperio vulgar, sino un imperio del pensamiento. Cada libro es una inteligencia que espera. Cada volumen es una puerta abierta hacia un espíritu distinto. Por eso la compañía de los libros nunca se agota: cada lectura es una conversación nueva.

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