A la historia gloriosa de nuestras letras —la de los códices miniados, las bibliotecas humanistas y las grandes imprentas del Siglo de Oro— la acompaña una historia menos edificante: la del abandono o barbarie, el desprecio material y la incuria hacia los libros. Muchos volúmenes, incluso de gran valor, fueron tratados durante siglos como simples objetos utilitarios. En pueblos y monasterios no era raro encontrar pergaminos medievales convertidos en envoltorio de alimentos u hojas de incunables utilizadas para envolver chorizos, especias o mercancías. Los libreros de viejo del siglo XIX aún recordaban haber comprado lotes de pergaminos procedentes de conventos que habían servido literalmente como papel de carnicería.
La desamortización del siglo XIX agravó la tragedia. Cuando se disolvieron muchos monasterios, bibliotecas enteras fueron dispersadas, vendidas al peso o abandonadas. Algunos códices acabaron en manos de comerciantes que arrancaban las hojas para vender las miniaturas por separado. El gran bibliógrafo Bartolomé José Gallardo, que recorrió España buscando libros raros, describía escenas casi grotescas:
“Hallé en una cocina monástica hojas de un códice antiguo pegadas al fondo de un cajón para reforzarlo. En otra parte servían de tapa a un barril de aceite. Aquellos hombres ignoraban que estaban destruyendo tesoros de nuestra historia”.
Algo parecido denunció el crítico Marcelino Menéndez Pelayo, quien veía en ello un síntoma de atraso cultural:
“En España se han perdido bibliotecas enteras no por incendios ni guerras, sino por la indiferencia de sus propios poseedores. El libro antiguo ha sido tratado muchas veces como un estorbo doméstico.”
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Pero España —aunque a veces se olvide— ha producido páginas bellísimas sobre la lectura, el saber y la conversación con los muertos que habitan en los volúmenes.
Ejemplo de ello es el ingenioso Ramón Gómez de la Serna: “Las bibliotecas son cementerios donde los muertos están de pie. Cada libro es una lápida vertical donde el autor ha dejado escrita su respiración. Pero son cementerios alegres, porque basta abrir un volumen para que el difunto se levante y empiece a hablar […] Los libros alineados en los estantes parecen soldados dormidos; pero cuando alguien los despierta, marchan de nuevo hacia la imaginación”.
O Azorín, apasionado bibliófilo: “La biblioteca está en silencio. La luz entra oblicua por la ventana y se posa suavemente sobre los lomos de los libros. Cada volumen guarda dentro una vida distinta: historias, pensamientos, emociones. El lector abre uno de ellos y de pronto la habitación se puebla de voces lejanas. En ese instante comprendemos que la biblioteca es uno de los lugares más maravillosos del mundo […] Un hombre que posee libros posee un universo. Cada tomo es un camino que conduce a otra época, a otro país, a otra conciencia”.
Sin olvidarnos a Benito Jerónimo Feijóo: “La lectura de buenos libros es el remedio más eficaz contra la vulgaridad del entendimiento. Los hombres que no leen viven encerrados en los estrechos límites de su experiencia; pero quien frecuenta los libros participa de las luces de muchos siglos”.
Ni tampoco al filósofo catalán Jaime Balmes: “La lectura forma el juicio, dilata la inteligencia y acostumbra al espíritu a tratar con las ideas grandes. Un pueblo que lee buenos libros adquiere una fuerza moral que ninguna riqueza material puede sustituir”.
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De modo que nuestra relación con los libros ha sido siempre ambivalente. El mismo país que produjo humanistas, impresores y bibliófilos capaces de levantar algunas de las bibliotecas más admirables de Europa, fue también capaz de envolver chorizos con pergaminos medievales o de vender por arrobas los restos de una biblioteca conventual. A la historia luminosa de nuestras letras —la de Nebrija, Cisneros, los impresores de Salamanca o Alcalá— se superpone otra historia más gris, hecha de descuido doméstico, ignorancia y desprecio material.
Y, sin embargo, pese a esa larga tradición de incuria, el libro ha seguido ejerciendo entre nosotros una fascinación obstinada. Siempre ha habido lectores que han sabido reconocer en él algo más que un objeto utilitario: una presencia viva, una conversación silenciosa que atraviesa los siglos. Frente a la indiferencia o la torpeza de quienes veían en los viejos volúmenes simples trastos acumulados, otros supieron ver lo que realmente eran: depósitos de memoria, fragmentos de inteligencia humana, pequeñas cápsulas de tiempo donde la experiencia de los muertos resucitaba.
Tal vez ahí resida la verdadera paradoja de nuestra tradición cultural. Hemos sido, a la vez, descuidados guardianes y apasionados amantes de los libros. Pero mientras haya alguien que abra un volumen con curiosidad, que se incline sobre una página con la misma mezcla de respeto y entusiasmo que describían Feijóo, Azorín o Gómez de la Serna, la vieja república invisible de los lectores seguirá existiendo. Y en ella —como en toda biblioteca digna de ese nombre— los muertos continuarán hablando, los siglos seguirán dialogando y la inteligencia humana persistirá, silenciosa y obstinada, entre los estantes.
